Virtud de esperanza.
LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

No te enojes contigo (4)


Virtud de esperanza.
Domingo 26 de diciembre de 2004.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

En el milenio que comienza, cuando el mal pretende hacerse pasar por bien, quizá más que nunca la virtud de la esperanza se hace indispensable en nuestras vidas.


Breve preartículo
Virtud de esperanza.
En el artículo anterior de esta serie veíamos que si logramos no enojarnos con nosotros mismos con motivo de ser pecadores, que es lo que más nos humilla, será más fácil que logremos no enojarnos con nosotros mismos por cualesquiera otros motivos. Por eso comencé a enfocarme preferentemente al motivo del pecado; y por lo mismo lo hice desde una perspectiva cristiana.
Virtud de esperanza.
En todos los ámbitos, religiosos o profanos, debemos aprender a convivir con el mal, para así poder salir adelante con el bien. Y hay que tomar conciencia de que aprender a convivir con el mal profano no nos preparará para convivir con el mal religioso, que es el pecado, pero que aprender a convivir con el pecado ciertamente nos preparará para convivir con el mal profano. La razón de ello es que la correcta convivencia con el mal —que en este mundo es inevitable— depende principalmente de nuestra relación con Dios. En el presente artículo hablaremos de la virtud de la esperanza.
Virtud de esperanza.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes contigoVirtud de esperanza.


Cuerpo del artículoVirtud de esperanza.
Virtud de esperanza.
El Diccionario de la Lengua Española define la esperanza como "virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido". El Catecismo de la Iglesia Católica, en sus números 1817 y 1818, dice lo siguiente:

    "1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. 'Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa' (Hb 10,23). Este es 'el Espíritu Santo que El derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna' (Tt 3, 6-7).

    "1818 La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad".

Mucho se ha dicho que la virtud de la esperanza es una virtud olvidada, y pienso que es verdad, al menos en el sentido de que tendemos a olvidar lo que no vemos como realizable de inmediato o a corto plazo. Y en este sentido la virtud de la esperanza es una virtud que también nos enseña a esperar en el tiempo. De alguna manera prevemos cuándo sucederá o llegará a su realización lo que nosotros mismos hacemos; en cambio, no podemos prever cuándo sucederá lo que Dios hará en beneficio nuestro, que nos resulta un tanto indefinido y vago, y por lo mismo tendemos a descuidarlo. A continuación procuraré lograr un perfil más definido o nítido de la virtud de la esperanza a partir de las obras de misericordia.


Las obras de misericordia corporales y espiritualesVirtud de esperanza.
Virtud de esperanza.
Estamos viviendo los tiempos de la esperanza; porque ahora que se apaga la fe, los que amamos a Dios necesitamos reforzar nuestra fe con la esperanza, para ayudar a confirmar en la fe a los que no tienen esperanza, y para que nuestra esperanza los confirme en su fe perdida; y para que así ambas, fe y esperanza, sean la plataforma para ayudar a confirmar en la fe a otros, y ésos a otros, y así prepararnos todos a recibir los tiempos de la caridad, en la Nueva Jerusalén. Vamos ahora a intentar delimitar la virtud de la esperanza, y para eso nos serviremos del ejemplo que la Iglesia nos ha dado en sus enseñanzas; la cual, como buena Maestra, "saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas" (Mateo 13, 52). Consideremos el siguiente texto:
    "Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes, y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme" (Mateo 25, 31-36).
Basándose principalmente en este texto, además de otros textos de la Sagrada Escritura, la Iglesia elaboró la doctrina de las llamadas obras de misericordia corporales, de la manera siguiente:

    "Las principales obras de misericordia corporales son:
    "1a. Visitar y cuidar a los enfermos.
    "2a. Dar de comer al hambriento.
    "3a. Dar de beber al sediento.
    "4a. Dar posada al peregrino.
    "5a. Vestir al desnudo.
    "6a. Redimir al cautivo; y
    "7a. Enterrar a los muertos".

    Catecismo Mayor, prescrito por San Pío X, n. 944).

En el mismo Catecismo Mayor, prescrito por San Pío X, se dice que "obras de misericordia son aquellas con que se socorren las necesidades corporales o espirituales de nuestro prójimo" (n. 943); y también se dice que son "las buenas obras de que se nos pedirá cuenta particular el día del Juicio" (n. 942). Es claro, por tanto, que la Iglesia elaboró obras de misericordia espirituales a semejanza de las obras de misericordia corporales, asignándoles la misma consecuencia de que también de ellas se nos pedirá cuenta particular el día del Juicio. Y al hacer esto, la Iglesia ha usado el criterio de que si las obras de misericordia corporales son muy importantes, con mayor razón lo son las espirituales, dado que nuestro espíritu es más importante que nuestro cuerpo. He aquí las obras de misericordia espirituales:

    "Las principales obras de misericordia espirituales son:
    "1a. Enseñar al que no sabe.
    "2a. Dar buen consejo al que lo necesita.
    "3a. Corregir al que yerra.
    "4a. Perdonar las injurias.
    "5a. Consolar al triste.
    "6a. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo; y
    "7a. Rogar a Dios por los vivos y difuntos".

    Obra citada, n. 945.


El Reino de Dios y su justiciaVirtud de esperanza.
Virtud de esperanza.
La Iglesia sabe que si Jesús prefirió hablar de las obras de misericordia corporales no fue porque no apreciara las espirituales, sino porque Él solía hablar incluso de las realidades espirituales mediante analogías tomadas de las materiales. Y así, la Iglesia explicitó lo que en la Escritura estaba implícito. Pues bien, eso mismo haremos en lo que sigue, y usando el mismo criterio, a fin de lograr perfilar más nítidamente la virtud de la esperanza. Consideremos ahora el siguiente texto:

    "No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados.

    "Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad" (Mateo 6, 25-34).

Meditemos este pasaje y hagamos con él algo semejante a lo que la Iglesia hizo con las obras de misericordia corporales, parafraseándolo y adaptándolo a las realidades espirituales. Se trata de una transformación legítima, pues si Dios cuida de nuestras necesidades corporales, con mayor razón cuida de nuestras necesidades espirituales. He aquí la transformación de dicho pasaje, ya sin comillas, porque ya no es un pasaje textual de la Escritura:

    No os preocupéis por vuestra alma, qué rezaréis; ni por vuestra santidad, por dónde caminaréis. ¿Acaso no vale más el alma que los rezos y la santidad que el camino? Fijaos en los Santos Inocentes, que no rezaron, ni hicieron propósitos, ni exámenes de conciencia, y vuestro Padre Celestial los llevó a la Gloria. ¿Es que no valéis vosotros tanto como ellos? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su vocación? Y acerca del camino, ¿por qué preocuparos? Contemplad a los locos en los manicomios, cómo crecen inocentemente; no se angustian ni reciben dirección espiritual, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo caminar entonces como uno de ellos hoy. Si a los hombres inconscientes, que no pueden hablar con Dios, Él los cuida así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a rezar, qué propósitos vamos a hacer, por dónde vamos a caminar? Por todas esas cosas se afanan los que no confían en Dios. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados.

    Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura, también lo espiritual. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad.

Salomón no pudo caminar, en su tiempo, como uno de nuestros locos hoy, porque en tiempos de Salomón no existía la Iglesia, ni Salomón caminaba en Ella. En este mundo son muchos los que suelen vivir en uno de estos dos extremos: o casi olvidados de Dios, o en alguna forma preocupados por las cosas espirituales y divinas. Parecen ser pocos los que viven confiados en Dios, y menos aun los que llegan a abandonarse en Él. En lo corporal, buscar el Reino de Dios y su justicia no significa ser flojos e irresponsables en allegarnos nuestro sustento, sino trabajar serenamente y confiados en Dios. Y en lo espiritual sucede lo mismo, buscar el Reino de Dios y su justicia no significa ser flojos e irresponsables en nuestras prácticas de piedad, sino llevarlas a cabo serenamente y confiados en Dios.


Un más nítido perfil de la virtud de la esperanzaVirtud de esperanza.
Virtud de esperanza.
Al llegar a este punto puede aparecer la siguiente dificultad. Si buscamos el Reino de Dios y su justicia, lo material se nos dará por añadidura. Y si ahora vemos que también lo espiritual se nos ha de dar por añadidura, ¿en qué consistirá el Reino de Dios y su justicia? Esta sola pregunta indica que se puede estar confundiendo el Reino de Dios y su justicia con realidades espirituales como las prácticas de piedad, el plan de vida, los buenos propósitos y otras cosas del mismo estilo. Sin embargo, el Reino de Dios y su justicia es algo mucho más alto, y la adaptación que hicimos del anterior pasaje bíblico nos obliga a buscar esa mayor altura. ¿En qué consiste, entonces, el Reino de Dios y su justicia?
Virtud de esperanza.
El Reino de Dios y su justicia consiste en el amor, en la entrega incondicional de uno mismo a Dios y al prójimo, en lo cual consiste el llamado abandono en Dios. Indudablemente las obras son señal del verdadero amor, pero ni el origen ni el término del amor son las obras, ni las cualidades, sino las personas. Dios me ama a mí, no a mis obras, aunque mis obras me acompañen. De manera semejante, Dios quiere que yo lo ame a Él —a sus Divinas Personas— y que ame a mi prójimo —a su persona—, no a sus obras, aunque sus obras los acompañen.
Virtud de esperanza.
¡Dios no necesita nuestras obras! Él puede hacerlo todo sin nuestra colaboración; pero quiere necesitarnos y que colaboremos con Él, para que crezcamos y lleguemos a la plenitud, porque nos ama. Debemos, pues, ser laboriosos, trabajar, tanto en lo material como en lo espiritual, y principalmente en lo espiritual; mas por encima de todo eso debemos entregarnos incondicionalmente a Dios y abandonarnos en Él. ¡En esto último consiste el Reino de Dios y su justicia para cada uno de nosotros!
Virtud de esperanza.
Veámoslo en el ejemplo que nos da María. Con motivo de la Anunciación, María no dijo lo siguiente: Puesto que vas a hacerme Madre del Mesías, yo te prometo esperarlo con todo mi amor, amamantarlo con máxima ternura, educarlo con especial dedicación y apoyarlo en su misión con toda la entrega de que soy capaz. María no se puso a elaborar un detallado plan de vida, lleno de propósitos y obras a realizar, como respuesta a la Anunciación: ¿verdad que no? Lo que María hizo fue entregarse Ella misma, incondicionalmente, abandonándose en Dios, con estas palabras: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38).
Virtud de esperanza.
Esto era lo que Dios quería de Ella, porque la quería a Ella misma. Y después, sólo después, Ella tuvo que ir pensando en lo que tendría qué hacer, y comprendió, con la ayuda de José, que debería esperar a Jesús con todo su amor... y acudir al censo imperial... y recibir a los pastores en la gruta... y huir a Egipto... y... y... y... Primero el abandono, después las obras. Más aun, el abandono nos lleva de la mano a realizar las obras. Y la vida vivida en abandono a Dios es ya un anticipo del Cielo, y es también una certeza —virtud de la esperanza— de que Dios nos conducirá a la Gloria como y cuando a Él le plazca. Y podemos ya consignar en forma de tesis una noción diferente, pero complementaria de las ya existentes, de la virtud teologal de la esperanza:
    "La virtud teologal de la esperanza es la certeza que tenemos de que Dios, en correspondencia a que nos abandonamos en Él, nos dará por añadidura todo lo que necesitemos —material y espiritual y sobrenatural— y nos llevará finalmente a la Gloria; lo cual es también confiar más en Dios que en nosotros mismos, y aun más que lo que desconfiamos de nosotros mismos" (Quevedo, P., San José, tesis 426).

Lo que la virtud de la esperanza nos daVirtud de esperanza.
Virtud de esperanza.
Si consideramos la virtud de la esperanza perfilada de la manera que acabamos de ver, nuestra forma de mirar y de enfocar nuestra vida podrá mejorar significativamente, pues podremos trabajar dedicada y serenamente sin preocupaciones; y algo semejante sucederá también con nuestras relaciones personales, e incluso con nuestra vida interior. Tanto en nuestras actividades materiales, como en las espirituales y aun en las sobrenaturales, viviremos confiados en Dios y serenos, sin por eso ser descuidados o perezosos. Desaparecerán las preocupaciones y las angustias incluso ante la presencia del mal, porque sabremos que si Dios lo permite es para lograr lo mejor de nosotros mismos.
Virtud de esperanza.
Cuando el mal nos afecta, o cuando algo nos sale mal, o aun cuando obramos el mal por debilidad, si amamos a Dios y nos abandonamos confiadamente en Él, ni la angustia ni la desesperanza se apoderará de nosotros; y la natural consecuencia será que no tendremos motivos para enojarnos con nosotros mismos. Nos enojamos con nosotros porque nos fijamos en nosotros más que en Dios; porque pensamos que las cosas dependen más de nosotros que de Dios; y finalmente porque consideramos que, al menos en nuestras propias vidas, lo importante y decisivo somos nosotros mismos, más que Dios, aunque no lo digamos ni lo pensemos de manera tan explícita.
Virtud de esperanza.
Y así va quedando claro que en todos los ámbitos, no sólo en el religioso, la virtud de la esperanza nos ayuda a enfocar nuestra realidad y el sentido de nuestra vida de una manera más objetiva, más propia de las creaturas que somos, sin pretender controlar el curso de los acontecimientos como si fuéramos dioses. La maravillosa consecuencia será que no tendremos que enojarnos con nosotros mismos y que, por lo mismo, nuestra convivencia con los demás podrá ser mucho más agradable y satisfactoria.
Virtud de esperanza.
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