Somos pecadores.
NUESTRA CONDICION DE PECADORES

No te enojes contigo (3)


Somos pecadores.
Domingo 19 de diciembre de 2004.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Lo que mejor puede evitar que nos enojemos con nosotros, por amistarnos con nosotros mismos, es la sana e íntima amistad con Dios.


Breve preartículo

Pocas cosas pueden hacer que nos enojemos con nosotros mismos como el descubrir que somos pecadores. Se trata de algo semejante a llegar a descubrir que somos cobardes, pero aun peor; en efecto, no todos somos cobardes, pero ciertamente todos somos pecadores, excepción hecha de Jesús, María y José. Fuera del ámbito de lo religioso, puede expresarse lo mismo diciendo que somos inmorales en gran parte de nuestras vidas, aunque esto suene menos fuerte que decir que somos pecadores.
Somos pecadores.
Ser inmoral es algo que algunos parecen lograr manejar reduciéndolo al terreno meramente humano. Ser pecador, en cambio, es algo que siempre hace referencia a Dios. Si logramos no enojarnos con nosotros mismos con motivo de ser pecadores, que es lo que más nos humilla, será más fácil que logremos no enojarnos con nosotros mismos por cualesquiera otros motivos. Por eso me enfocaré preferentemente al motivo del pecado; y por lo mismo lo haré desde una perspectiva cristiana.
Somos pecadores.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes contigo
Somos pecadores.

Cuerpo del artículo
Somos pecadores.
Aunque hablemos en plural, puede parecer presuntuoso hablar, en primera persona, de los que amamos a Dios; pero no debe considerarse presuntuoso hablar de los pecadores que amamos a Dios. ¡Caramba!, si ya somos pecadores, y además no tenemos más remedio que reconocer que lo somos, al menos que también se nos permita reconocer, y decir, que somos pecadores que amamos a Dios; porque también es verdad que lo amamos, por muy pecadores que seamos; y porque queremos decirlo; y porque Él quiere que lo digamos: "A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos" (Mateo 10, 32).
Somos pecadores.
Pues bien, la virtud de la esperanza radica en esta realidad de que los pecadores amemos a Dios, y de que confiemos en Él más de lo que desconfiamos de nosotros mismos. Además, la virtud de la esperanza está estrechamente relacionada con la supremacía de los auténticos valores por encima de los falsos valores, aunque esto sólo llegue a verse con toda claridad en una humanidad futura o Nueva Jerusalén; y por lo mismo la virtud de la esperanza se opone al espíritu del engaño y del enmascaramiento. En el siguiente artículo de esta serie veremos que la época que nos ha tocado vivir está marcada por la virtud de la esperanza.
Somos pecadores.
Si amamos a Dios, nuestros pecados son sólo pecados de debilidad, no de malicia, y no nos apartan de Dios ni nos enemistan con Él. En tales circunstancias, nuestros pecados nos hieren a nosotros y también al resto del Cuerpo Místico; pero todos esos sufrimientos, aun los nuestros, pueden tener un valor redentor, debido a lo cual también pueden ser ofrecidos a Dios a fin de que sean unidos a los sacrificios de Cristo. Ésta es una bellísima paradoja cristiana: para los que amamos a Dios, incluso nuestros pecados son para nuestro bien: "Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios" (Romanos 8, 28). Ahí tenemos los casos de San Pedro, de Santa María Magdalena y de tantos otros. Analicemos con mayor detenimiento esos sufrimientos nuestros, los causados por nuestros propios pecados; y para ello sirvámonos de algún ejemplo.


El dolor de nuestros pecados
Somos pecadores.
Supongamos que por pereza —pereza podrida— me quedo en la cama y no llego a tiempo a una cita, debido a lo cual pierdo un contrato significativo para mí (lo de perder el contrato es ficticio, pero el resto del ejemplo es real). Indudablemente, la pérdida de los correspondientes bienes materiales puede significar un trastorno e incluso un sufrimiento; pero hay también otro sufrimiento, que es el sufrimiento mismo de pecar. Pues bien, para los que amamos a Dios el sufrimiento de pecar es el más grande de los dolores, o al menos uno de los más grandes, dependiendo de cuánto amemos a Dios. Pero aun en el sufrimiento de pecar hay que distinguir algunos matices.
Somos pecadores.
Uno de ellos está en el dolor de haber ofendido a Dios, al que se le llama dolor de los pecados en la confesión sacramental. En esto hay mucho de misterio, al que podríamos llamar misterio de la vulnerabilidad divina; porque Dios es inmutable y perfectamente feliz, y resulta difícil comprender que nuestros pecados puedan afectarlo siquiera. Tal vez por eso exista hoy la tendencia de restarle importancia al dolor de los pecados, y de poner más atención en el hecho de fallarle a Dios. Sin embargo, es doctrina católica que nuestros pecados ofenden a Dios; y el hecho de que el Verbo Divino tenga solidaridad ontológica con la Iglesia, por encabezarla como persona mística, ayuda a comprender al menos la vulnerabilidad del Verbo. Y si el Verbo es un solo ser con el Padre y el Espíritu Santo, queda abierta la puerta a la inteligibilidad de algún tipo de vulnerabilidad también del Padre y del Espíritu Santo.
Somos pecadores.
Otro matiz del sufrimiento de pecar consiste en darnos cuenta de que con nuestros pecados lastimamos a otros. En nuestro ejemplo, me doy cuenta de que con mi pecado de pereza lastimo a mis semejantes, sobre todo a los más cercanos a mí. Además, es muy hiriente tener que reconocer mi propia debilidad: mi falta de fuerza de voluntad y de generosidad para vencer mi pereza; la realidad de verme vencido por un vicio tan vil y vergonzoso; el darme cuenta de que soy poca cosa, miserable, vulnerable, indefenso, dependiente, débil, ¡pecador!, en una palabra. Y luego tener que reconocer que ésa no es una situación peculiar de un momento determinado, sino que es la situación habitual de mi existencia: no sólo pequé esta mañana, sino que ¡soy un pecador!
Somos pecadores.
Aquí tenemos el sufrimiento de nuestra conmiseración ante el crudo espectáculo, lamentable y real, de nuestra propia miseria. Quienes hemos logrado superar la tentación de evadir el espectáculo de nuestra propia miseria, y hemos tenido el valor de afrontarlo, nos hemos visto casi obligados a prestar mayor atención a la doctrina del pecado original. Y entonces aumenta la conmiseración de nosotros mismos, al vernos lacerados por tal herencia; y puede suceder que nos enfurezcamos con Adán y le echemos a él la culpa de nuestros pecados. O al considerar que Dios permite todo eso, pudiendo evitarlo, puede suceder que nos enfurezcamos con Dios y le echemos la culpa a Él.
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Sin embargo, el que se quedó en la cama, por pereza, fui yo, que soy libre. Puede levantarme, y no me levanté; libremente preferí seguir acostado y revolcarme en mi propia pereza. Y si alguien intentara convencerme de que carecí de libertad para levantarme, defendería esa libertad mía con todas las fuerzas de mi ser y contra todas las potestades existentes. ¡Nadie, excepto yo mismo, es culpable de que yo me haya quedado en la cama! De otra forma no padecería yo esta vergonzosa humillación.
Somos pecadores.
Ya pudo Adán haber pecado. Ya pudo Dios —sin faltarle al respeto— haber permitido que yo heredara el pecado de Adán. Ya puede Dios ser mi Creador, además de ser omnipotente. Ya pude yo haber venido a la existencia con todas las lacras y miserias. Nada de eso quita, en lo más mínimo, la libertad que tuve de levantarme; y no me levanté. Ya podrán existir otros pecados, muchos de ellos compartidos, quizá. Pero de este pecado, el de la pereza de no haberme levantado hoy, el único culpable soy yo. Y ésta es una miseria nueva, completamente mía, y totalmente distinta de la miseria en que vine a la existencia. Nadie me hizo pecador; soy pecador por libre y personal preferencia: ¡soy pecador!... a secas. Pues bien, si a esto añadimos la repetición de los mismos pecados, tendremos ante nosotros la tremenda y dramática realidad de nuestra condición de pecadores; y por eso rezamos así: "...ruega por nosotros, los pecadores...".


Nuestros pecados pueden llegar a tener un valor redentor
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Y aun así, dice San Pablo: "no me juzgo a mí mismo; ... quien me juzga es el Señor" (1 Corintios 4, 3-4). Yo puedo conocer la personal culpabilidad e intransferibilidad de mis pecados, pero no puedo conocer bien su precisa magnitud o gravedad, no puedo juzgarlos; en eso estriba otro aspecto de mi limitación. No debo ser demasiado duro ni demasiado blando conmigo mismo —ni con los demás—; pero ciertamente tengo obligación, y derecho, de tenerme paciencia a mi mismo —y a los demás—, si me la tiene el Señor. Pues bien, el sufrimiento de la propia condición de pecador, de ser y saberse personalmente pecador, es un sufrimiento que se padece en lo personal, sin que sea compartido con otros; y tal sufrimiento, en los que amamos a Dios, también tiene un valor redentor, y quizá mayor que muchos otros sufrimientos: "...cumplo, por mi parte, lo que faltaba de las fatigas de Cristo en mi carne por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1, 24). Consignémoslo en forma de tesis:
    "Para los que amamos a Dios, pocas cosas son tan dolorosas como el ser y sabernos personalmente pecadores; y podemos ofrecerle a Dios nuestra condición de pecadores, nuestras llagas, como un sufrimiento que tiene valor redentor" (Quevedo, P., San José, tesis 424).
No podemos juzgarnos a nosotros mismos —y menos a los demás—, por varios motivos. Uno de ellos es la limitación de nuestro conocimiento, y otro es el hecho de que los pecados suelen tener atenuantes o agravantes, o ambas cosas. Uno de los principales atenuantes de nuestros pecados personales está en la inclinación que tenemos a pecar, como consecuencia del pecado que heredamos de Adán. Siguiendo la línea del ejemplo anterior, si Adán no hubiera pecado, no tendríamos pereza. Es verdad que incluso con la inclinación a la pereza, mi libertad es real, y que yo pude haberme levantado de la cama a tiempo; pero también es verdad que sin pecado original yo no me habría quedado en la cama, ¡porque no tendría inclinación a ello!
Somos pecadores.
No me quedé en la cama por malicia —haría eso si no amara a Dios—, sino porque, aun amando a Dios, ¡tenía inclinación a ello!, porque la cama estaba muy sabrosa; es decir, me quedé en la cama por debilidad, pequé por debilidad, como una consecuencia más del pecado original, lo cual es un atenuante de mi pecado. Si Adán no hubiera pecado, la cama no estaría tan sabrosa, sino que sería más sabroso e interesante levantarse a tiempo; pero como Adán pecó, la cama está demasiado sabrosa y me inclina a pecar, aun siendo mi cama, que está a mi servicio, por lo cual ella también gime, con dolores de parto (cfr. Romanos 8, 22).
Somos pecadores.
Qué tanto el pecado de Adán atenúe mis pecados de debilidad es algo que sólo Dios sabe; y por eso no debo juzgarme a mí mismo, sino dejar que me juzgue el Señor. Ahora bien, el que peca por malicia puede enemistarse con Dios, y en realidad no amarlo. Esto es muy importante, tanto, que pienso que no se puede exagerar su importancia; porque aquí está la clave que nos permite tener una buena relación con Dios, tal como Él la quiere: sana, filial, amistosa, íntima, amorosa. La clave es esta: para nosotros es más fácil saber si somos amigos de Dios, o no, que conocer bien la precisa gravedad y magnitud de nuestros pecados.
Somos pecadores.
Es claro que no podemos conocer bien la precisa gravedad y magnitud de nuestros pecados, y por eso no debemos juzgarnos a nosotros mismos. En cambio, ciertamente podemos saber si somos o no somos amigos de Dios, usando los mismos criterios por los que habitualmente se reconocen los amigos: el amigo busca al amigo, platica con él, se siente a gusto con él, lo extraña al dejar de verlo, se interesa por sus cosas, busca actividades comunes, se duele de ofenderlo y le pide perdón, se alegra con sus alegrías y se entristece con sus tristezas, se hace amigo de sus amigos y, por encima de todo, sabe que es su amigo porque en su intimidad tiene conciencia de que lo ama. ¿Tenemos estas actitudes con Dios?, ¿sí?, entonces no hay duda: ¡somos amigos suyos!... aunque hayamos pecado. Y la conclusión es clara: nuestros pecados han sido sólo de debilidad, a los que solemos llamar veniales.


Dos modos de razonar que afectan nuestra relación con Dios
Somos pecadores.
En contra de las buenas relaciones que podemos tener con Dios, está la actitud de pensar que seguramente hemos de ser enemigos de Dios por haber cometido un pecado que aparece en una lista de pecados mortales. Y entonces, el que espontáneamente quisiera echarse en los brazos de Dios, su Amigo, piensa que está moralmente obligado a reprimirse hasta después de haberse confesado. No se quiere aquí decir que no haya pecados mortales —ciertamente los hay—, ni que la confesión no sea un modo maravilloso de echarse en los brazos de Dios; lo que se quiere decir es que los pecados mortales son los que tienen la consecuencia de acabar nuestra amistad con Dios, apagando en nosotros la vida de la gracia, y no los que tan sólo puedan aparecer en una lista.
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Obviamente, Dios siempre es nuestro Amigo, y la amistad de Él hacia nosotros nunca se acaba, hagamos lo que hagamos: si una vez nos amó, ya nunca deja de amarnos, no sólo por ser inmutable, sino porque quiere seguir amándonos; y porque "Dios es Amor" (I Juan 4, 8). De lo que estamos hablando aquí es de nuestra amistad hacia Dios, que es la única que puede apagarse. Y lo importante es reconocer que, respecto al tema de nuestros pecados, hay dos modos posibles de razonar, uno desconfiado y otro confiado, que se desglosan a continuación:
Modo desconfiado de razonar:

Premisa 1: Si peco mortalmente, pierdo mi amistad con Dios.
Premisa 2: Pequé mortalmente.
Conclusión: Perdí mi amistad con Dios.

Modo confiado de razonar:

Premisa 1: Si peco mortalmente, pierdo mi amistad con Dios.
Premisa 2: No perdí mi amistad con Dios.
Conclusión: No pequé mortalmente.
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En los dos razonamientos anteriores la primera premisa es la misma, además de ser verdadera; en cambio, la segunda premisa cambia, y cambia también la conclusión. Sin duda los dos razonamientos son correctos; para los interesados en la Lógica, el primero se basa en un modus ponendo ponens, y el segundo en un modus tollendo tollens. No obstante, la segunda premisa no es igualmente cierta o segura en ambos razonamientos: es más seguro saber si seguimos siendo amigos de Dios, o no, que saber si pecamos mortalmente. Por tanto, es preferible razonar del segundo modo, confiadamente; lo cual es indudable desde el punto de vista del pecador, porque es preferible apoyarse en lo más seguro que en lo menos seguro.


Hay que darle a la gracia el favor de la presunción
Somos pecadores.
Respecto al planteamiento anterior, ¿qué preferirá Dios? ¿Preferirá que el pecador, al no tener seguridad absoluta, le dé el favor de la presunción a la amistad o a la enemistad con Él, a la gracia o al pecado mortal? Obviamente, Dios quiere que el pecador —su hijo— le dé el favor de la presunción a la amistad con Él, a la gracia, y no al pecado mortal. Así como en el orden natural todos gozan de su inocencia, mientras no se pruebe su culpabilidad; así también, en el orden de la gracia, todos gozan de su amistad con Dios, mientras no se pruebe su enemistad. Dicho en breve: hay que darle el favor de la presunción a la gracia, no al pecado mortal. De otra parte, el modo desconfiado de razonar conduce al escrúpulo, una de las peores lacras de la vida interior: ¿habré pecado mortalmente?, ¿habré tenido plena advertencia?, ¿habré consentido plenamente? ¡La sola duda honesta es favorable a la gracia!
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Desde otro punto de vista, incluso el enemigo de Dios puede echarse en los brazos del Gran Amigo antes de haberse confesado; abandono del que surgirá el deseo, la premura, por confesarse. No empequeñezcamos el amor del Sagrado Corazón de Jesús. Pues bien, el hecho es que después del pecado de Adán los que amamos a Dios vivimos en una peculiar simbiosis de gracia y pecado; y que, en tales circunstancias, hay que darle el favor de la presunción a la gracia, no al pecado mortal. Consignémoslo en forma de tesis:
    "Después del pecado de Adán, en la peculiar simbiosis de gracia y pecado existente en los hombres que amamos a Dios, hay que concederle el favor de la presunción a la gracia, no al pecado mortal" (San José, tesis 425).
Esta tesis es liberadora: ¡cuánta inseguridad y cuánto escrúpulo, cuánto sufrimiento ha habido en la historia de la Iglesia porque muchos le hayan dado el favor de la presunción al pecado mortal! Bastaría imaginar una balanza de dos platillos, y poner en uno la gracia y en otro el pecado mortal: ¿qué pesa más? La gracia, por supuesto. Ahí tenemos la parábola del hijo pródigo, y las narraciones —históricas— de la mujer adúltera y del buen ladrón (cfr. Lucas 15, 11-32; Juan 8, 3-11, Lucas 23, 39-43). ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no acabamos de confiar en el Amor de Dios? ¿Por qué incluso tenemos miedo de que otros se atrevan a confiar en Él? Hay dureza en nuestros corazones. Pero, en fin, incluso todo eso aumenta la eficacia redentora de la Iglesia, Obra Maestra y maravilla de diseño.
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Sin duda podemos confiar en Dios, aun más de lo que confiamos en nosotros mismos, e incluso más de lo que desconfiamos de nosotros mismos: aquí empieza a perfilarse la olvidada virtud de la esperanza, de la que hablaremos en el siguiente artículo. Y si confiamos en Dios, acabaremos por mejorar la confianza en nosotros mismos, como los niños que son valorados y amados por sus padres humanos. Ama, pues, a Dios, y deja de enojarte contigo.








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