Simbiosis bien mal.
LA MAGNANIMIDAD DIVINA NOS ES BENEFICA Y CATARTICA

No te enojes contigo (6)


Simbiosis bien mal.
Domingo 9 de enero de 2005.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Al pasar de no enojarnos con nosotros en lo religioso, a no enojarnos con nosotros en lo profano, se aprecia nuevamente que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona.


Breve preartículo
Simbiosis bien mal.
Llegamos aquí, finalmente, al último artículo de la presente serie, y también al término de las tres series subtituladas No te enojes... Dichas series, incluida la presente, son las siguientes, que se encuentran activando los vínculos que se ofrecen a continuación:

No te enojes con Dios.

No te enojes con la Iglesia.

No te enojes contigo.
Simbiosis bien mal.
No debemos enojarnos con nosotros por ningún motivo, ni religioso ni profano. En esta serie de artículos he tratado los aspectos profanos con apoyo en los religiosos por motivos estratégicos, ya que los aspectos religiosos son los que nos preparan para la aceptación y el debido manejo de los aspectos profanos en todo lo referente a la presencia del mal en nosotros mismos, y también en lo referente al enojo que podemos desarrollar contra nosotros mismos. La razón de ello está en que la clave de toda esta problemática radica en el proyecto divino de realizar su Obra Magna. En este último artículo procuraré lograr una mirada universal, que abarque todos los aspectos, tanto los religiosos como los profanos.
Simbiosis bien mal.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes contigoSimbiosis bien mal.


Cuerpo del artículo
Simbiosis bien mal.
Hay males que nos afectan de formas que están completamente fuera de nuestro control. Así sucede con algunas enfermedades, con algunos desastres naturales, con algunas acciones de nuestros semejantes y con muchos otros males. Pero no sucede así con nuestros propios enojos; éstos son males que caen bajo nuestro control, es decir, son algo libre de parte nuestra. No es verdad que nos hagan enojar; somos nosotros mismos los que nos enojamos, libremente, o los que, al menos, libremente permitimos que se desborden nuestras emociones hasta los extremos de la ira.
Simbiosis bien mal.
Decir que nos hacen enojar es un eufemismo tan burdo como el usado por lo niños al decir que el jarrón se rompió, como si le hubieran salido patitas y hubiera brincado al suelo por sí mismo. Decir que nos hacen enojar es adoptar una actitud pueril. Y lo mismo debe decirse de nuestros enojos con nosotros mismos. Sin embargo, el enojo con uno mismo es algo más sutil, porque puede adoptar la apariencia de exigencia con uno mismo, de serio afán de superación; y así, el no enojarse con uno mismo es algo más difícil, como también es algo más difícil el conocerse a uno mismo. Pero bien sabemos que aunque la mona se vista de seda... ¡mona se queda!


Contagiosa catarsis del no enojarnos
Simbiosis bien mal.
Tomo aquí el término catarsis en su acepción de purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda. Pues bien, el enojo con nosotros mismos, como todo enojo, es un mal; y como todo mal, también el enojo con nosotros mismos colabora a la Obra Magna de Dios, que es la realización del mejor de todos los mundos posibles. Y lo notable de esto es que tal descubrimiento nos conduce a dejar de enojarnos con nosotros mismos. En efecto, el enojo se produce ante lo inconveniente o irremediable de alguna situación, y con frecuencia tiende a provocar situaciones incluso peores, casi en un afán de revancha o de venganza. Y entonces, al descubrir que el mal de nuestro enojo con nosotros colabora al mejor de los mundos, naturalmente tendemos a dejar de enojarnos con nosotros mismos.
Simbiosis bien mal.
Pero lo que sucede con el enojo con nosotros mismos sucede también con todo enojo, lo mismo que con todas nuestras revanchas, es decir, todos esos males colaboran a la realización del mejor de los mundos. Y entonces, al darnos cuenta también de esto, naturalmente tendemos a dejar de enojarnos en general; y en consecuencia tendemos a dejar de enojarnos con nosotros mismos por cualquier motivo, sea religioso o profano. Lo que estamos viendo es un proceso de liberación de todo enojo, de toda ira, y por lo mismo catártico y benéficamente contagioso a toda circunstancia de enojo y de ira, y por lo mismo generalizador o universalizador.
Simbiosis bien mal.
En todo lo anterior estamos apreciando un proceso de transformación interior, de purificación y liberación, suscitado por una experiencia vital profunda, que es la experiencia del mal del enojo en relación al proyecto divino de su Obra Magna, que abarca todo tipo de males. Se trata, por tanto, de un verdadero y benéfico proceso catártico, en el mejor sentido del término. Y también estamos apreciando de un modo moderno, casi fenomenológico, la verdad de una expresión ranciamente tradicional, a saber: que la ira es uno de los pecados capitales.


Universal simbiosis de bien y mal
Simbiosis bien mal.
Ahora podremos profundizar un poco más en el proceso generalizador o universalizador mencionado en el apartado anterior. En el artículo previo a éste, hablé de una peculiar simbiosis de gracia y pecado; y ahora podremos generalizar o universalizar lo dicho ahí. En efecto, la simbiosis de gracia y pecado es un caso particular de la universal simbiosis de bien y mal; es un caso de altos vuelos, pero un caso particular al fin.
Simbiosis bien mal.
La gracia es un bien de muy alto nivel, sobrenatural, pero un bien al fin, un bien más o un caso particular de bien; y el pecado es un mal de muy bajo nivel, contra lo sobrenatural, pero un mal al fin, un mal más o un caso particular de mal. Dios es el Sumo Bien, y no algo tan excelso que no responda al concepto de bien. Y si Dios es un bien, también lo es la vida de la gracia. Y el pecado es la privación de la vida de la gracia, esto es, la ausencia de un bien debido; porque todos los seres humanos deberíamos tener la vida de la gracia, que perdimos al menos como consecuencia del pecado de Adán, y por eso somos concebidos sin la vida de la gracia o con el solo pecado original —"en pecado me concibió mi madre" (Salmos 51, 7)—, aunque aún no hayamos pecado personalmente.
Simbiosis bien mal.
Pues bien, si hay una peculiar simbiosis de gracia y pecado, ésta es un caso particular de una peculiar simbiosis más general o universal, que es la simbiosis de bien y mal. Y esto es así porque el mal se sirve del bien, de un modo parasitario; y porque también el bien se sirve del mal, aunque sea de un modo magnánimo a fin de lograr el mejor de los mundos u Obra Magna de Dios. Así como los parásitos se alimentan del ser vivo en el que se alojan, podemos decir que así también el mal no podría darse sin el bien en el que se aloja, pues el mal no es otra cosa que el bien que le falta —y debería tener— a ese bien en el que se aloja. Por eso el mal no tiene entidad propia, y por eso filosóficamente se dice que así como el accidente necesita de otro en el cual existir, así el mal necesita de otro —de un bien— en el cual no existir.
Simbiosis bien mal.
El bien se sirve del mal de un modo magnánimo porque sin el mal no podría haber perdón, y sin la experiencia del perdón las creaturas no podríamos amar a toda nuestra capacidad; y sin esto el mejor de los mundos no se podría realizar. La Obra Manga de Dios requiere, por tanto, de la presencia del mal, de muchos males, de todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles, a fin de que no falte bien alguno, ni siquiera los bienes con mezcla de mal, en un mundo cuya perfección consiste en tener toda la gama de los bienes, incluidos los que tienen mezcla de mal. De esta forma se comprende que la peculiar simbiosis de bien y mal es general en el mundo de las creaturas, y de la cual es un caso particular la simbiosis de gracia y pecado.


En todos los campos hacer el bien sin combatir el mal
Simbiosis bien mal.
De lo dicho en el apartado anterior se sigue que el precepto de San Pablo —"vence el mal en el bien" (Romanos 12, 21)— tiene alcance universal. No hay que tratar de acabar con el mal, sino de hacer todo el bien que podamos. No hay que luchar contra los ignorantes, sino difundir el saber. No hay que atacar a los desamorados, sino amar a todos. No hay que matar a los terroristas, sino promover un correcto orden social, nacional e internacional. No hay que desatar guerras, sino impulsar y perfeccionar la diplomacia. Y así en todo lo demás.
Simbiosis bien mal.
Eso fue lo que hicieron los primeros cristianos, hasta el extremo del martirio, dejándose matar sin responder con violencia alguna. Es entonces cuando Dios interviene y actúa; y fue entonces cuando el cristianismo se difundió en el Imperio Romano. Fue sólo después —cuando se hizo religión oficial, adquirió poder político y muchos empezaron a comportarse de otra manera— que empezó a desvirtuarse y a decaer... hasta llegar a nuestros días, en que, después de dos milenios de cristianismo no hemos logrado bautizar ni siquiera a la quinta parte de la humanidad actual.
Simbiosis bien mal.
No debemos devolver mal por mal; no debemos atacar ni contraatacar, sino sólo defendernos, aun a riesgo de que nos maltraten o de que nos maten, como lo hicieron los primeros cristianos. Entonces Dios intervendrá y actuará, y en pocas generaciones tendremos un mundo bueno, aunque tal propuesta hoy nos parezca utópica. Mientras más y más pretendemos defendernos contraatacando, más y más empeora el mundo... hasta llegar al extremo de correr el continuo peligro de una guerra mundial nuclear, o química, o bacteriológica. Nos hace falta volver a una auténtica educación cristiana, que hoy estamos sistemáticamente rechazando.


No te enojes con nadie
Simbiosis bien mal.
Pensé que estas series de artículos —No te enojes...— terminaría con la serie No te enojes con nadie, pero poco a poco fui viendo que tal serie tendría que repetir mucho de lo que se ha dicho en las anteriores, sobre todo en ésta; porque tal serie vendría a decir que no te enojes con los otros, cada uno de los cuales es un tú, un otro yo. Desde la perspectiva cristiana, si debo amar a mi prójimo como a mí mismo, y no debo enojarme conmigo, es claro que tampoco debo enojarme con mi prójimo, es decir, no debo enojarme con nadie. Así, pues: no te enojes con nadie.
Simbiosis bien mal.
No hace falta decir más. Lo que comenzó como una sola serie de artículos, paso luego a consistir de dos series, y después a un proyecto de cuatro. Finalmente resultó ser la trilogía No te enojes con Dios, No te enojes con la Iglesia y No te enojes contigo. Realmente no salgo de mi asombro al observar que, una vez terminada, esta trilogía tiene un vestigio trinitario: en su primera parte se percibe el poder del Padre; en la segunda, la entrega del Hijo; y en la tercera, el soplo del Espíritu. Bendito y alabado sea nuestro Dios... tres veces Santo...








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