CLAVE PARA EVANGELIZAR

Nueva evangelización y más fiel (2)

clave para evangelizar.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Es verdaderamente notable que lo que le venga a dar a la familia el honroso lugar que le corresponde en la Iglesia sea la urgente e imperiosa necesidad de una nueva evangelización.
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En este artículo presento lo que me parece ser la clave para la nueva evangelización, y más que eso: la clave para la evangelización, en general, sea nueva o no. Y honestamente debo decir que no sólo me lo parece, sino que estoy convencido de ello; aunque, claro, me puedo equivocar. Soy consciente de que se trata de algo muy ambicioso, pero que aun así debe decirse, comunicarse; es preferible equivocarse que callar algo que puede ser una valiosa ayuda. Adelanto una breve síntesis de lo que propongo:
    Que las familias cristianas, después de bautizar a sus hijos, y en el proceso de educarlos cristianamente, los ayuden a que alegre y libremente se vayan entregando a Dios, y lo hagan plenamente al llegar al uso de razón, para lo que Dios pueda querer de ellos a lo largo de sus vidas.
Será conveniente comenzar diciendo cómo llegué al convencimiento de lo que propongo. Mi abuela materna —católica— se preocupó de que yo fuera bautizado y confirmado pocos día después de nacer, como se usaba en 1940 en la católica ciudad de Guadalajara, México; mas por diversas circunstancias fui educado al margen de la fe católica. Hacia mis 15 años buenos amigos católicos empezaron el proceso de llamarme a mi conversión a la fe católica, y lo lograron alrededor de mis 18 años.
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Mi conversión fue de convicción y estudio, pues siempre me ha gustado estudiar e investigar. Y así, algunos meses después y con el entusiasmo de un converso comencé a crecer en vida interior, y a oír Misa y comulgar a diario. Posteriormente comprendí que mi conversión había sido principalmente el despertar de la fe que estaba latente en mí desde el momento de mi Bautismo.
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Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

Nueva evangelización y más fiel


Una experiencia cuestionante
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Con el paso de los años algunos de mis amigos que influyeron en mi conversión se afiliaron a la católica Renovación Carismática en el Espíritu Santo, aquí en Guadalajara. Y debió de ser en 1982 —unos 24 años después de mi conversión— cuando me hicieron una invitación extraña y desconcertante: me invitaron a que tuviera mi primer encuentro con Cristo.
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La Renovación era un movimiento católico muy joven y con claras influencias pentecostales; mas como suele suceder en los inicios, todo indicaba que el Espíritu Santo se derramaba con generosidad. Eran tiempos de grandes emotividades y entusiasmos. Yo les manifesté mi extrañeza de que me invitaran a tener mi primer encuentro con Cristo, si bien sabían que yo había sido bautizado y confirmado al nacer, si ellos mismos habían influido en mi conversión y sabían que llevaba más de veinte años comulgando a diario.

Yo les decía que si querían invitarme a la Renovación deberían buscar otros motivos, y no el de que tuviera mi primer encuentro con Cristo. Era como si me invitaran a la Renovación para que aprendiera a leer; yo les diría que buscaran otros motivos para invitarme, ya que sé leer desde mi infancia. Pero ante su insistencia en lo mismo —eran muy insistentes— accedí a la invitación en parte por buena educación; pero también porque me parecía muy fuerte declinar una invitación a encontrarme con Cristo, por mucho que mis amigos pensaran que se trataría de mi primer encuentro con Cristo.
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La ceremonia fue muy emotiva: cantos, bailes, imposiciones de manos, llantos, hablar en lenguas... pero en mí no sucedió nada extraordinario. Hice oración, observé... y eso fue todo. Después me preguntaron qué me había parecido mi primer encuentro con Cristo. Yo les dije que había tenido sólo un encuentro con Cristo más, y sin nada extraordinario, ya que había tenido muchos encuentros con Cristo desde muchos años atrás.

Me parecía que la Renovación era muy joven y que sus miembros tenían muy poca formación teológica, y así era; incluso en el obispado los miraban con muchas reservas. Con el tiempo las cosas fueron madurando, hasta que la Renovación llegó a ser todo lo que es hoy.


Reflexiones sobre experiencias análogas
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Si comenté la experiencia anterior fue porque gracias a ella, análogamente, me di cuenta de lo fuerte que es declinar la invitación a entregarse plenamente a Dios. Esta invitación suele hacerse en la adolescencia, en plena época de grandes ideales, y coincide con el compromiso de vivir el celibato de por vida, ya sea como sacerdote, o religioso, o alguna vocación semejante; como si no fuera posible entregarse plenamente a Dios sin vivir el celibato de por vida.

Las vocaciones al sacerdocio, a las órdenes religiosas y a otras asociaciones se logran mediante la invitación a entregarse plenamente a Dios, hecha a jóvenes en su plena época de grandes ideales. Y les resulta muy fuerte negarse a esa plena entrega. Declinar esa invitación es equivalente a una negativa de entregarse plenamente a Dios, y reducirse a una entrega menos plena. Dios no llama a entregas menos plenas, o a entregas a medias; la entrega a Dios es plena cuando se hace lo que Dios quiere, sea lo que sea. Pero el negarse a una entrega con celibato, para casarse y formar una familia, a muchos jóvenes les deja la marca de haber sido poco generosos con Dios; cuando la realidad es que el matrimonio también es una plena entrega a Dios.
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Así es como muchos y muchas jóvenes se casan con ciertos remordimientos. Y así también es como muchos y muchas jóvenes ingresan a órdenes religiosas, seminarios u otras asociaciones sin tener la vocación correspondiente; y tarde o temprano vienen los grandes problemas.

Muchos de esos y esas jóvenes no tienen auténtica vocación, y no perseveran; se retiran con serios problemas psicológicos: sintiéndose infieles, culpables, traidores, poco generosos, fracasados, etcétera. Y luego sucede que no logran adaptarse debidamente al trabajo profesional, al matrimonio y al mundo en general. Todo esto es motivo de mucho dolor y preocupación para ellos mismos, y también para sus padres, hermanos, parientes, amigos y colegas.
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Conozco personas e incluso tengo amigos que ante una supuesta llamada de Dios, percibida en algún ambiente propicio, dudan de tener vocación; y al no querer negarse a entregarse a Dios, debido a una supuesta falta de generosidad, terminan a sus novias y se van, tan sólo para volver después, con muchos problemas; y también para crearles muchos problemas a esas novias, que se casaron en vista de que su novio amado se había entregado a Dios y se había ido. Y lo mismo sucede cuando son ellas las que terminan a sus novios y se van, para volver después, cuando esos novios ya se casaron con otras. Y muchos de ellos y ellas se pasan la vida lamentándose de haber abandonado y perdido a la novia amada o al novio amado. Así de fuerte es, en jóvenes generosos, ellos y ellas, la motivación de irse para entregarse a Dios mediante el celibato.

Claro está que muchas vocaciones son auténticas, bien discernidas, bien decididas y duraderas; y también es verdad que algunos con vocación auténtica son infieles a ella. Pero es muy alto el precio que se paga por lograr tales vocaciones, si son muchos los que hacen la prueba sólo debido a un movimiento de generosidad —de entregarse a Dios—, para luego descubrir que no tenían vocación, después de haber arruinado gran parte de sus propias vidas y las vidas de otros.
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Todos estos problemas son causados por entender la vocación divina como una llamada para entregarse a Dios en la adolescencia o en la juventud, y además con un compromiso vitalicio de celibato, ya que es incorrecto entender la vocación de esta manera. Dios puede llamar, y de hecho llama, de muy distintas maneras.
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Ahora viene la analogía con lo dicho arriba, respecto a la invitación que me hacían para que tuviera mi primer encuentro con Cristo. A la invitación de ingresar al seminario o a cualquier asociación eclesiástica para responder a la llamada de entregarse a Dios, toda persona cristiana, bautizada, debería poder responder esto:
    Si quieres invitarme a ingresar a tu asociación, busca otros motivos, porque yo soy de Dios desde mi Bautismo, y estoy entregado libremente a Él desde que tengo uso de razón.
Y así se evitarían todos los problemas mencionados arriba. ¿Por qué no podemos responder esto? ¿Por qué no somos capaces o no estamos preparados para ello?


Importancia de la familia y del Bautismo
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No somos capaces de responder lo que se propone en el párrafo anterior porque entendemos mal la entrega a Dios, como un tener que irnos a algún lugar peculiar, renunciando al trabajo profesional, al matrimonio y a formar una familia propia, y también dejando atrás a nuestros seres queridos. Y entendemos mal la entrega a Dios por no valorar debidamente la familia y el Bautismo. La llamada a entregarse a Dios —plenamente— está ya implícita en el Bautismo, y se debe responder libremente a ella cuanto antes, es decir, al comenzar a ejercer el uso de razón.

Posteriormente se irá precisando el modo de vivir esa entrega a Dios ya realizada desde la infancia, sea en el matrimonio y la familia, sea en el ejercicio de una profesión determinada, sea en el sacerdocio, sea en la vida religiosa, sea en cualquier otra forma legítima de vida. La vocación primera es la de ser de Dios y de entregarse a Él, tenida en el Bautismo; y después esa vocación se irá precisando más y más con el paso del tiempo.
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Hemos confundido la entrega a Dios con algunas de las formas con que posteriormente esa entrega se puede ir precisando; y la hemos confundido típicamente con formas raras, extrañas, estridentes: renunciar al trabajo profesional, renunciar a la familia en la que se nació, renunciar al matrimonio y a formar una familia propia, renunciar a los amigos y otros seres queridos, etcétera, etcétera.

Hemos pretendido sustituir la entrega a Dios, propia del Bautismo, con vocaciones particulares, como puede ser la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada. Y al hacerlo hemos dado pie a que se piense que si alguien no sigue una de estas vocaciones particulares no se ha entregado a Dios. Y entonces el que se queda en este mundo, se casa y forma una familia, piensa que no se ha entregado a Dios, y que por lo mismo es poco generoso. Y así, la vida conyugal y familiar ha sido vista como el camino de los poco generosos.
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Y claro, entendida así la entrega a Dios, casi nadie quiere entregarse a Dios, con la consecuencia de que la evangelización se frena, hasta el grado de que estemos en la crisis del incumplimiento, es decir, de que después de dos milenios sólo hayamos logrado hacer cristianos razonablemente buenos al 0.4% de la humanidad actual.

¡Ay! Hemos estado escandalizando a los niños, porque hemos estado impidiendo que se entreguen a Dios desde pequeños. Obviamente, si los padres no piensan estar entregados a Dios debido a su Bautismo, y nunca han hecho suya esa entrega de manera consciente y libre, tampoco evangelizarán ni educarán a sus hijos de modo que ellos libremente quieran ir haciendo gradualmente suya esa entrega, hasta lograrla plenamente al llegar al uso de razón. Y luego esos mismos niños serán los adolescentes que no le encuentren sentido a sus vidas. Ésta es una de las cosas que estamos haciendo mal.


La clave de la nueva evangelización está en la familia
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¿Por qué los niños no se entregan libremente a Dios, en respuesta a su vocación bautismal, desde que tienen uso de razón? Porque algo estamos haciendo mal. ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? Tal vez sería mejor preguntarnos qué es lo que hace falta o cómo podría lograrse que los niños se entregaran a Dios al llegar al uso de razón. Pensemos en una familia bien constituida, donde los hijos son atendidos y educados amorosamente por sus padres desde pequeñitos. Lo normal será que esos niños, al ir adquiriendo el uso de razón, vayan gradualmente tomando conciencia de que ésa es su familia, a la que ellos pertenecen, y que libremente la acepten de buen grado, sin querer o preferir vivir en ningún otro lugar.

Pues bien, si esa familia bien constituida donde los hijos son atendidos y educados amorosamente por sus padres desde pequeñitos, es además una familia cristiana en la que los padres se han entregado a Dios debido a su Bautismo, entonces esos padres evangelizarán y educarán cristianamente a su hijos, desde pequeñitos también, a fin de que se sepan de Dios, hijos de Dios, y que poco a poco, a medida que van creciendo, vayan haciendo suya la decisión de entregarse libremente a Dios, hasta lograr hacerla plena al llegar al uso de razón. Y también les enseñarán a ver a Jesús como su más íntimo Amigo, y al Espíritu Santo como su gran Amor. Esos niños le habrán encontrado sentido a sus vidas de una vez y para siempre, pero sólo a condición de que logren verlo todo —juegos, obligaciones, estudios, trabajos, etcétera— a la luz de esa misma entrega. Esos niños naturalmente —sobrenaturalmente— evangelizarán a su vez a sus amigos, y también a todo el que se encuentren en su camino.
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En este momento debemos ser honestos y reconocer que tal forma de educación cristiana no se logra en la escuela, ni siquiera en las escuelas católicas, porque ahí se ve a Jesús como un personaje más —como Napoleón— que hay que estudiar y aprender de memoria, para luego responder correctamente en los exámenes; y si en esos exámenes no se logran buenas calificaciones habrá castigos y problemas con maestros y padres. Y lo mismo sucederá con la religión, que se verá como una asignatura más —como Historia—, de la que también hay que examinarse. Y así, la religión y Jesús quedarán infectados del carácter odioso del sistema de exámenes y calificaciones propio de la escuela. Jesús difícilmente será el gran Amigo, al que se le entrega alegre y libremente la propia vida.
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Es irremediable el que no pueda haber, de modo general, una sana y cristiana relación amorosa entre maestros y alumnos, ya que ambos pugnan con motivo de la disciplina escolar. Son muchísimas las personas que recuerdan con disgusto a los religiosos y religiosas que tuvieron como maestros en la escuela. Hoy son también muchísimas las personas que abandonan la Iglesia por haber quedado saturadas de religión y de castigos en las escuelas católicas donde estudiaron.
    La clave de la nueva evangelización radica en evangelizar y educar a los niños en la familia, de modo que alegre y libremente se vayan entregando a Dios, hasta lograr la entrega plena al llegar al uso de razón.
Reconozcamos que los niños tienen el derecho natural —paidoderecho— de ser educados personal y amorosamente por sus padres, sin ser enviados a la escuela, salvo el principio de subsidiariedad. En este derecho de los niños se fundamente el derecho natural de los padres a educar a sus hijos. Pero hemos entendido reductivamente este derecho de los padres como el derecho de elegir la escuela en la que se eduquen sus hijos, sin entenderlo también como el derecho de educarlos ellos mismos personal y amorosamente.
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Hemos defendido el principio de subsidiariedad en lo referente a la escuela frente al Estado, en beneficio de padres y maestros, diciendo que si la escuela puede enseñar, el Estado no debe apropiarse de la educación, sino ayudar a la escuela para que ésta eduque. Pero poco nos hemos preocupado de defender ese mismo principio en lo referente a la familia frente a la escuela, en beneficio de los niños, diciendo que si la familia puede enseñar, la escuela no debe apropiarse de la educación, sino ayudar a la familia para que ésta eduque. Esta problemática será tema de otro artículo.


Ventajas de la educación hogareña cristiana
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Se llama educación hogareña —en inglés home schooling— a la educación que los padres les dan personal y amorosamente a sus hijos, en respeto del paidoderecho, sin enviarlos a la escuela. Esta educación puede y debe abarcar desde la más tierna infancia hasta el fin del bachillerato, es decir, todo lo referente a la cultura general. Después de eso los jóvenes tendrán que ir a las universidades, ya que los padres no pueden tener todas las especialidades. Pues bien, si la familia es cristiana la educación hogareña tiene más ventajas, entre las que se cuenta el cumplir con la clave de la nueva evangelización, que es lograr que sus hijos se entreguen a Dios, alegre y libremente, al llegar al uso de razón.
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En tales circunstancias los niños crecerán y llegarán a jóvenes buscando siempre lo que Dios quiere de ellos. Y así cada uno descubrirá y seguirá su vocación particular sin mayores dificultades, dentro de una entrega a Dios lograda desde la infancia. De tal modo habrá menos frustraciones, y también más sacerdotes, más que nunca, ya que desde niños todos evangelizarán a fondo, y no sólo los sacerdotes y religiosos, que lo hacen a fondo sólo al llegar a la edad adulta.
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No habrá la necesidad de lanzarse a peculiares aventuras, como renunciar a la familia, por el temor de no ir a tener la generosidad de entregarse a Dios, porque la generosa entrega a Dios ya está hecha desde la infancia. Y si se descubre no tener una determinada vocación particular, no por eso se pensará que la entrega a Dios está fallando, ni se tendrán problemas de culpabilidad ni de tipo psicológico, sino que se continuará con la antigua entrega a Dios buscando su voluntad por otros caminos. Además, no se pederán completas infancias y adolescencias sin estar entregadas a Dios.
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Gracias a la nueva evangelización se podrá con facilidad tener presente que la entrega a Dios siempre es amable y alegre, aunque esté acompañada de cruces, y que no es de Dios lo que quita la paz del alma. Y como fácilmente se podrá ir comprendiendo, lo que aquí se ha llamado clave de la nueva evangelización> es en realidad la clave de la evangelización, es decir, la clave de toda evangelización. Y también se irá comprendiendo que si estamos en la crisis del incumplimiento es porque esta clave de la evangelización no se ha usado en el pasado. ¡Ésta es una de las principales cosas que hemos estado haciendo mal!






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