POR QUE DIOS PERMITE TANTO MAL

No te enojes con Dios (1)

Tanto mal.
Domingo 29 de septiembre de 2002.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Si, como nos han enseñado, Dios todo lo sabe y todo lo puede, y además nos ama sin medida, ¿por qué permite tanto mal y tanta guerra? ¿Por qué permite tanto sufrimiento, incluso de niños inocentes?


Breve preartículo

Algunos han llegado a la personal conclusión de que lo anterior no puede ser, y de que, por tanto, sucede una de dos cosas: o bien Dios no es todopoderoso, o bien no nos ama tanto como se dice. Y otros, tal vez menos, han llegado a peores conclusiones: Dios es malo o, de plano, Dios no existe, somos sólo fruto de las leyes ciegas de la materia.
Tanto mal.
En lo que se acaba de decir se contiene quizás el mayor obstáculo para que muchas personas logren tener una buena relación con Dios. La enfermedad o la muerte de un ser querido pueden provocar reacciones de rebeldía contra quienes sean responsables o causa de una tragedia así. Y al no encontrar responsables, se responsabiliza a Dios. Se han dado incluso casos de personas que mueren al estar orando en una iglesia, porque un viento fuerte o un terremoto derrumba alguna de las paredes del templo. ¿No pudo Dios haber impedido esas desgracias, si es verdad que nos ama tanto y que todo lo puede?
Tanto mal.
Ante semejantes realidades y cuestionamientos, muchas personas empiezan a dudar de Dios o a molestarse con Él. Y a sus preguntas suele responderse de manera inadecuada, improcedentemente pía, o con razonamientos que no convencen mucho a la gente inculta, y nada a la gente culta. Quizá la respuesta más frecuente, mas no por eso afortunada, sea la de que Dios nos ha hecho libres, y nos ama tanto que tiene un gran respeto por nuestra libertad; de modo que, si libremente obramos mal, Él no lo puede evitar sin coartar nuestra libertad.

¿Pero qué sucede en las desgracias donde la libertad no interviene, como en un huracán o en un terremoto? A esto suele responderse, sin mejor fortuna, que Dios ama el orden, y que sus leyes físicas son plenas de orden, y por eso no las quiere violentar. ¿Por qué entonces las violenta cuando realiza algún milagro? Y al no encontrar buenas respuestas, a todo esto suele responderse, con cada vez menor fortuna, que hay que ser humildes y aceptar resignadamente la voluntad de Dios.
Tanto mal.
Muchos podrán sorprenderse de que yo califique como desafortunadas las respuestas anteriores. No son desafortunadas por ser falsas —no todas lo son—, sino, en parte, por no responder adecuadamente a lo que se pregunta, y principalmente por ser respuestas pusilánimes. Dios es magnánimo, y ciertamente podría evitar todo mal sin coartar nuestra libertad. Si no lo evita es precisamente porque no quiere, porque nos ama al máximo y quiere para nosotros el mejor de los proyectos, que es el mejor de todos los mundos posibles. No hay que aceptar resignadamente la voluntad de Dios. ¡Hay que amar apasionadamente la voluntad de Dios!
Tanto mal.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes con Dios


Cuerpo del artículo
Tanto mal.
Veamos esta cuestión —de la presencia del mal en el mundo— con mayor serenidad y objetividad. Sin duda Dios puede evitar todo mal, y no sólo algunos males; de no ser así, no sería omnipotente; y si no fuera omnipotente, no sería Dios. Sería, a lo más, como alguno de esos dioses de alguna de las mitologías antropomórficas, como típicamente lo fue la mitología griega. Pero no, Dios no es un homólogo de Zeus o de Cronos. Dios es el Ser Subsistente, el que Es por Sí mismo y el que da el ser a todo lo demás; por eso Dios es el creador de todo lo que existe, excepto de Él mismo.

No es el caso de que Dios creara al hombre y lo amara tanto que decidiera hacerlo libre, pero a costa de, por tal motivo, perder su soberano dominio sobre las acciones humanas libres; es decir, a costa de perder su soberano dominio sobre todas las cosas, puesto que algunas de ellas —las acciones libres de las creaturas— quedarían fuera de su alcance. En tal caso Dios dejaría de ser omnipotente por el solo hecho de darles el don de la libertad a algunas de sus creaturas. Pero una omnipotencia que pudiera dejar de serlo, en realidad nunca habría sido omnipotente; y un Dios que pudiera dejar de ser omnipotente, en realidad nunca habría sido Dios.
Tanto mal.
La verdad es que Dios es omnipotente, que siempre lo ha sido y que siempre lo será. Y precisamente por ser omnipotente puede crear y puede también otorgar el don de la libertad a sus creaturas. Por tanto Dios sigue teniendo un soberano dominio también sobre las acciones libres de sus creaturas, y perfectamente podría evitar que obraran mal sin por eso coartar su libertad. Un ejemplo clarísimo de esta verdad lo tenemos en la Virgen María. Y los ejemplos se multiplican si consideramos a los santos del Cielo, sean hombres o ángeles; una vez que están ya en el Cielo, ellos obran siempre bien sin dejar de ser libres.

Sin duda los santos del Cielo siguen siendo libres. ¿Qué gloria sería aquella que los privara de su libertad? ¿Cómo podrían amar a Dios sin libertad? Sería absurdo imaginar a San Gabriel en su embajada a la Virgen, o a la Virgen misma en sus apariciones, como si fueran autómatas que repiten un mensaje mecánicamente. Dios logra, en el Cielo, que sus santos obren siempre bien, sin por eso coartarles su libertad. Y para lograrlo basta que Dios se les muestre lo suficiente; entonces la creatura libre, sea quien sea, se adhiere libremente a Dios con toda firmeza, porque Dios es el objeto que sacia plenamente su capacidad de conocer y de amar, y todas sus ansias de felicidad.
Tanto mal.
La creatura libre puede no adherirse a Dios cuando Él no se le muestra lo suficiente, pues entonces ella no logra percibir que Dios es el objeto que sacia plenamente su capacidad de conocer y de amar, y todas sus ansias de felicidad. ¿Por qué, entonces, Dios no se les muestra lo suficiente a todas sus creaturas libres? Podremos pensar lo que queramos, pero el hecho es que no lo hace; y no lo hace, no porque no pueda, sino porque no quiere. Dios es, al menos para nosotros, un Dios escondido, y también un Dios callado. Pero... ¿por qué? En otro artículo abordaremos esta cuestión.


Nuestras inconformidades
Tanto mal.
Aquí es donde suele encontrarse la inconformidad nuestra, e incluso nuestra rebeldía: ¿por qué Dios nos trata de esa manera?, ¿por qué no obra en conformidad a lo que a nosotros nos parece mejor? Y aquí es, también, donde suele encontrarse nuestro error. No es Dios quien deba obrar conforme a nuestros criterios y a nuestros planes; somos nosotros los que debemos obrar conforme a los criterios y planes de Dios. Él nos ha revelado lo suficiente para ayudarnos en este cometido; pero después de esa revelación oficial, y de muchas revelaciones privadas, suele callar en lo personal con cada uno de nosotros.
Tanto mal.
Dios tiene un plan maestro, un gran proyecto, y nosotros debemos colaborar en él. Dios nos da los elementos suficientes para que cada uno de nosotros descubra el modo de colaborar en su proyecto, y también para comprender que en ese proyecto Él estará habitualmente callado y escondido en su trato con cada uno de nosotros. Obviamente, me refiero a un estar callado y escondido en lo que se refiere a percepciones claras. Indudablemente Dios nos habla personalmente en la oración, pero siempre cabe la posibilidad de que lo “escuchado” sea sólo algo imaginado por nosotros. Quisiéramos que nos hablara a las claras, pero se queda callado; quisiéramos verlo a las claras, mas permanece escondido.
Tanto mal.
Puede molestarnos que Dios no nos hable ni se nos muestre a las claras, pero lo que más suele irritarnos es que permita tanto mal en el mundo; y más aun suele irritarnos en la medida en que comprendemos que podría evitarlo sin coartar nuestra libertad. ¿Dónde está su omnipotencia y el supuesto amor que nos tiene? Pues bien, esta molestia distrae tanto nuestra atención, que nos impide considerar los motivos por los que Dios permite el mal, que son muy sencillos y pueden ser entendidos por cualquiera. Esos motivos nos permitirán comprender, además, que Dios no sólo permite el mal, sino que ha planeado permitirlo porque quiere permitirlo.
Tanto mal.
Dios, permaneciendo callado y escondido, quiere que nosotros descubramos que su proyecto es permanecer callado y escondido además de permitir el mal en gran medida, y más aun, en máxima medida. El proyecto divino es crear la Creación más perfecta de todas, o, como suele decirse, el mejor de todos los mundos posibles. Esto no nos presenta ninguna dificultad, y nuestra atención tiende a orientarse a dejar de lado los males. Y al distraernos en ese sentido, no consideramos que la clave del asunto está en que el mejor de los mundos debe incluir males; más aun, debe incluir todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles.


Dios ha creado el mejor de los mundos
Tanto mal.
El filósofo Leibniz dijo que Dios hizo el mejor de todos los mundos posibles, y se le echaron encima. Decían que basta mirar nuestro mundo, con todos sus males, para darse cuenta de que no es el mejor de los mundos. Además, Dios creó con libertad; ni estaba obligado a crear, ni estaba obligado a crear el mejor de los mundos. Creó lo que quiso, como quiso y cuando quiso. De otra parte, ¿por qué habría Dios de elegir crear un mundo mediocre? La postura de Leibniz se podría reducir a esta pregunta: ¿De verdad Dios hizo este mundo? La respuesta sería afirmativa, sin duda. A lo que Leibniz podría responder: Pues entonces ni siquiera necesito verlo para estar seguro de que es el mejor de todos los mundos posibles.
Tanto mal.
En el fondo Leibniz hace una apuesta por Dios, en el sentido de que Dios nunca haría un mundo mediocre, por muy libre que Dios sea: ¿por qué habría de hacerlo? Precisamente por ser libérrimo, omnisciente y omnipotente, Dios eligió crear el mejor de los mundos. Lo importante aquí es determinar el criterio para saber cuál sea el mejor de los mundos. Rápidamente nos damos cuenta de que hay dos criterios principales: maximizar los bienes o minimizar los males. Dios es magnánimo y usó el criterio de maximizar los bienes, porque ama el bien más de lo que detesta el mal.
Tanto mal.
Veámoslo de otra manera. Supongamos que tenemos enfrente dos grandes cajones; en el primero están todos los posibles bienes puros, sin mezcla de mal; y en el segundo están todos los posibles bienes con mezcla de mal. Obviamente, no hay un tercer cajón de males puros, sin mezcla de bien. Viene ahora la pregunta definitiva: ¿en dónde hay más bienes, en el solo primer cajón o en los dos cajones juntos? Sin duda, hay más bienes en los dos cajones juntos. Lo que sucede es que en el solo primer cajón no hay males. ¿Qué queremos entonces, sumar bienes o eliminar males? ¿Qué es mayor, nuestro amor al bien o nuestro aborrecimiento del mal? Consideremos la parábola del trigo y la cizaña:
    "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? Él les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Pero él les respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero" (Mateo 13, 24-30).
Es claro que Dios ama el trigo más de lo que detesta la cizaña, y que ama el bien más de lo que detesta el mal. Por eso el mejor de los mundos es el que contiene todos los bienes, aunque con ellos se arrastren algunos males; y no al revés, el que carece de males, aun a precio de eliminar también algunos bienes. Tú y yo, querido lector, somos de esos bienes con mezcla de mal. Sinceramente, no me parece que el mejor de los mundos fuera un mundo en el que yo faltara, o en el que tú faltaras. ¿Qué te parece a ti?


Los males favorecen el amor
Tanto mal.
De otra parte, las creaturas no podemos amar con toda nuestra capacidad sin tener la experiencia del perdón. Y como Dios quiere que se logre el máximo amor, quiere que tengamos la experiencia del perdón; y el perdón implica la presencia de males. Sin males tampoco se apreciaría la capacidad del bien para triunfar sobre el mal. En fin, por donde quiera que se le vea, en el mejor de los mundos debe haber males, todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles. Leibniz tenía razón. En cuanto a Dios, tiene el derecho de crear del modo que mejor le parezca; y tanto más, si cabe, al decidir crear el mejor de los mundos. No vayamos a atropellar sus derechos con nuestras rebeldías.
Tanto mal.
Me gusta llamar Obra Magna al mejor de todos los mundos posibles, que Dios ha hecho en su magnanimidad. Si atendemos ahora a lo que la Sagrada Escritura dice al respecto, encontramos pasajes muy interesantes. En la narración de los seis días de su creación (Génesis 1), al final de cada uno se dice que Dios vio que lo que había hecho era bueno. Y al final del sexto día, después de crear al hombre y la mujer y darles la misión de crecer y multiplicarse, se dice que "vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho" (Génesis 1, 31). Y la Escritura también dice: "¡Cuan magníficas son tus obras, Señor! ¡Todo lo hiciste con sabiduría!" (Salmos 104, 24). Y también: "todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sabiduría 11, 21). Es claro, por tanto, que Dios ha hecho todo muy bueno, del mejor modo, es decir, el mejor de los mundos, su Obra Magna.
Tanto mal.
¿Cómo iba Dios a privarnos del don de vivir en el mejor de los mundos? Y ese mundo incluye males. No debemos, por tanto, molestarnos de que haya males en este mundo; lo que debemos hacer es procurar evitarlos, en la medida de nuestras posibilidades y con la ayuda de Dios. Al hablar de manera tan general el tema es claro; lo difícil es seguir entendiendo al mirar el tema en sus detalles, es decir, al tratar de comprender cómo los males que me han tocado a mí colaboran en la formación del mejor de los mundos. Pero eso será tema de otros artículos. Por lo pronto sabemos al menos esto: no hay que enojarnos con Dios, ni siquiera por la presencia de tantos males en este mundo.








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