ESTAMOS PERDIENDO A DIOS

La vida se nos ha hecho difícil (9)

Perdiendo a Dios.
Domingo 1° de abril de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Estamos intentando construir una civilización sin Dios: ¿legítimo proyecto moderno o... locura humana?


Breve preartículo
Perdiendo a Dios.
Ya no le agradecemos la vida a Dios, sino a la evolución. Ya no pensamos que el universo provenga de Dios, sino del Big-Bang. Ya no queremos aceptar la naturaleza dada por Dios, sino que pretendemos diseñarla genéticamente. Ya no queremos que la autoridad venga de Dios, sino del pueblo. Ya no estamos diferenciando el bien y el mal a partir de la Ley de Dios, sino de legislaciones decididas democráticamente. Y todo esto no es exageración ni broma, pues de hecho se están practicando el aborto, la eutanasia, la pena de muerte, los “matrimonios” de homosexuales y lesbianas, etcétera, etcétera.

Estamos intentando construir una civilización sin Dios... ¿Estamos?... o quizás haya que responder como los niños: “Estamos... ¡es mucha gente!”. Digo esto porque en Internet han aparecido noticias de que en Estados Unidos se han hecho encuestas para averiguar si la gente acepta la tesis creacionista o la evolucionista respecto al origen del hombre. Los resultados han mostrado que la tesis creacionista es tan aceptada como la evolucionista, como por mitades. Y un científico comentaba, alarmado, que nunca habría pensado que la formación científica del pueblo estadounidense fuera tan pobre. Negar todo creacionismo sería un evolucionismo radical. Pienso que en la gran mayoría de los otros países la aceptación del creacionismo habría sido aun mayor.
Perdiendo a Dios.
¿Qué habríamos respondido nosotros? ¿Qué pensamos en realidad, que venimos de Dios o de algún tipo de mono?, ¿que fuimos diseñados y creados por Dios o que somos fruto de mutaciones genéticas aleatorias y de la selección natural? Además, pensar que venimos de Dios ¿responderá necesariamente a una falta de formación científica? ¿No será, más bien, que el hombre medio tiene sentido común, y que algunos científicos ―los “adolescentes” que quieren llamar la atención― están pretendiendo hablar en nombre de toda la comunidad científica y que los medios de comunicación les están haciendo el juego de manera amarillista? Ese juego ciertamente les conviene a ambos, pues repetir que Dios es el autor y creador de todo... ¡simplemente no es noticia!

Los grandes científicos siempre han sido teístas: Pitágoras, Arquímedes, Euclides, Aristóteles, Copérnico, Galileo, Descartes, Kepler, Newton... Incluso Einstein comentaba que no le convencía mucho que Dios hubiera diseñado el universo tirando los dados. El hecho es que algunos científicos modernos, los que hacen más ruido y trabajan creyéndose mucho unos a otros, han pretendido que a Dios no se le crea absolutamente nada y que su palabra quede totalmente excluida del mundo de la ciencia. Y estos científicos, que no le creen a Dios, ciertamente pretenden que nosotros les creamos a ellos. ¿Es esto razonable?
Perdiendo a Dios.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil


Cuerpo del artículo
Perdiendo a Dios.
La noción de Dios es muy distinta en la cultura oriental y en la occidental. Los orientales tienen una noción impersonal de Dios, de tipo panteísta. Dios se manifiesta dispersándose en forma de universo, para luego recogerse de nuevo, de modo que todas las cosas vuelven a su origen y se funden en Dios; y al hacerlo, pierden su individualidad. Todo es Uno: el árbol es Dios, la fuente es Dios, tú eres Dios, yo soy Dios...

Y a la pregunta directa, ¿soy yo Dios, en verdad, sí o no?, vienen las respuestas ambiguas: “Eres la gota del Gran Océano”, “Eres la chispa de la Divina Llama”. Toda la fuerza del principio de tercero excluido, sí o no, queda oculta bajo una poesía que no viene a cuento, que nada explica ni responde, sino que dispersa y diluye la fuerza de las preguntas clave. El misticismo oriental no usa el desarrollo racional; de modo semejante al pensamiento de algunos científicos modernos, razón y religión le resultan extrañas entre sí, pero en oriente a favor de su misticismo.
Perdiendo a Dios.
En la cultura occidental, desde la época de los antiguos filósofos griegos la religión y la ciencia se complementan. Desde sus orígenes la Filosofía fue considerada un conocimiento científico. A lo largo de la historia grandes filósofos y científicos han analizado diversas demostraciones de la existencia de Dios, y aun han aportado las suyas propias. Sólo en los últimos siglos ha surgido entre algunos científicos la tendencia a reducir la ciencia al mundo de lo material, y a dejar fuera del ámbito científico la Filosofía y la Teología en su totalidad.


La muerte se ha presentado como la gran victoriosa
Perdiendo a Dios.
El hombre naturalmente anhela perpetuarse, eternizarse y ser dichoso. Sin embargo, la muerte ha sido siempre la destructora de todos sus anhelos, como si fuera su acérrima enemiga, que lo derrota siempre. Bien se decía en la antigüedad que puedes hacer todos los planes y proyectos que quieras, que al cabo se te derrumbarán, se te frustrarán, no los gozarás, porque... ¡morirás!

Ya puedes enamorarte y declarar fidelidad eterna, e incluso ser bien correspondido; ese amor se apagará... ¡morirás! Otros vendrán a recoger tus despojos y los de tu amada.

Ya puedes planear una vida que busque el saber en continuo estudio e investigación... ¡morirás!

Ya puedes dedicarte al arte y a la conquista de la belleza... ¡morirás!

Ya puedes emprender proyectos empresariales de la mejor calidad en beneficio de la humanidad entera... ¡morirás!
Perdiendo a Dios.
No hay escapatoria, la muerte nos vence siempre; es la gran burladora de todas nuestras esperanzas; deja que nos entusiasmemos, que nos ilusionemos, que vayamos fomentando la esperanza... para finalmente dar su golpe certero, que corta todo sendero, que ciega todo horizonte.


Las respuestas no cristianas
Perdiendo a Dios.
Los orientales han reaccionado ante la muerte procurando apagar todo anhelo personal, todo deseo personal. Es preferible no anhelar, que ser frustrado en el anhelo. Es preferible optar uno mismo por acallar la mente y los sentidos en una “muerte” prematura, que ser derrotado por la muerte real. Es preferible estar ya “muertos”... cuando la muerte llegue. Es preferible pensar que la propia individualidad es un lastre, que soy sólo una emanación de una Divinidad impersonal y que al morir me fundo con Ella, liberándome así de esa imperfección que es mi propio yo.

No quieras, no proyectes, no ames, no anheles... para que no te frustres. ¡Claudica! Renuncia de antemano a tu yo. Date por vencido, indefectiblemente derrotado, aun antes de comenzar la lucha... ¡tan poderosa y victoriosa es la muerte!
Perdiendo a Dios.
Los griegos reaccionaron de otra manera. Unos dijeron que hay que aprovechar la vida mientras dura; es preferible ser mendigo en el mundo de los vivos que rey en el imperio de los muertos. ¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!

Otros dijeron que es natural morir, y que hay que seguir la naturaleza imperturbablemente. La naturaleza sigue su curso, y no podrás alterarlo. No pretendas, pues, alterarlo; acepta lo que venga, incluso la muerte, sin alterarte tampoco tú. Muere tranquilo, sereno, imperturbable, como un árbol...
Perdiendo a Dios.
Los mejores de los griegos aceptaron la muerte con espíritu aventurero. Al no saber qué había más allá, porque nadie había vuelto para contarlo, no tenían más motivos para ser pesimistas que optimistas; mas tampoco tenían pruebas ni conocimiento cierto de que hubiera otra vida, ni de que fuera mejor o peor que ésta.


La respuesta cristiana
Perdiendo a Dios.
En todos los casos la muerte fue la burladora de nuestros más profundos anhelos. La humanidad tuvo que vivir en un continuo temor a la muerte, más o menos consciente, más o menos callado. Al menos así fue hasta la profecía israelita de un Mesías que habría de venir a librarnos de la muerte; profecía que se cumplió con la Encarnación del Verbo Divino, con la llegada de Cristo. Él verdaderamente venció a la muerte, pues resucitó; y como de una u otra forma todos nosotros somos miembros de su Cuerpo Místico, nosotros también resucitaremos. De ahí la pregunta cristiana: ¿Dónde está, muerte, tu victoria?

Hoy muchos tienen un gran empeño en negar la resurrección de Cristo, pero contamos con el escepticismo histórico del apóstol Tomás, quien se negó a creer hasta que metió su dedo en los orificios de los clavos. Cristo resucitó, indudablemente, y muchos lo presenciaron y fueron sus testigos. No se puede tapar el sol con un dedo, ni se le pueden poner puertas al campo.
Perdiendo a Dios.
A partir de entonces el mundo cristiano, que incluye a la cultura occidental, pudo al fin anhelar y vivir sin temor a la muerte, y también sin temor a que cada persona perdiera su propia individualidad al morir; porque tuvimos ya la legítima esperanza en una vida futura de conocimiento y amor entre todos nosotros y con Dios, pero sin fundirnos en Él, sino conservando cada quien su propio yo.

Dios nos creó en nuestra individualidad y nos ama en nuestra individualidad. Teresa sigue siendo Teresa, santa Teresa, incluso en el Cielo. Y esa esperanza, con la consecuente pérdida del temor a la muerte, se fue transmitiendo de padres a hijos, y a amigos y conocidos, difundiéndose a lo largo y a lo ancho de la cultura occidental, hasta llegar a nosotros.


La herencia cristiana
Perdiendo a Dios.
Así ha sido como los cristianos hemos llegado a poder vivir anhelando y proyectando, al margen de una temerosa preocupación por la muerte, y aun sin ser plenamente conscientes de la causa de semejante liberación. Lo notable es que hoy, apoyados en la herencia de dicha liberación, haya tantos cristianos occidentales que, aburridos del cristianismo, lo critican y coquetean con las doctrinas orientales sin darse cuenta de la situación en que estarían de no ser por su herencia cultural cristiana.

Ciertamente los orientales tienen derecho de pensar lo que piensan y de creer lo que creen, y también de vivirlo y promoverlo; y nosotros debemos respetarlos y amarlos. Además, su religiosidad representa una búsqueda importante. Sin embargo, tienen un retraso de 2,500 años, porque parecen no haberse enterado de que hubo una cultura griega; y de haberse enterado, no parecen haberla entendido. Es una cultura que busca el desarrollo del intelecto y de todo lo legítimamente humano, por lo que fue una preparación para el advenimiento del cristianismo, dado que Cristo, la Inteligencia Divina en persona, pidió que todo el que fuera capaz de entender... ¡entendiera! De hecho, la Teología cristiana se desarrolló sintetizando razón y fe con apoyo en la Filosofía griega.
Perdiendo a Dios.
Cultura griega y cristianismo aportaron el concepto de persona, cuya dignidad y derechos son tan importantes hoy. Tenemos dignidad y derechos no tanto por ser humanos, sino más bien por ser personas. Por todo lo anterior, el conocimiento occidental de Dios como Alguien que conoce y ama ―creador del universo, Uno en esencia y Trino en personas, cuyo Hijo se hizo hombre por amor a nosotros―, es un conocimiento incomparablemente superior al de las religiones orientales, como también lo es el misticismo cristiano, consistente en una unión amorosa entre personas.

El problema es que hoy, al pretender seguir siendo cristianos y a la vez construir una civilización sin Dios, ni nos atrevemos a declararnos ateos ni vivimos el cristianismo auténtico, porque tememos que nos haga aparecer como menos modernos; y entonces buscamos interpretaciones que lo desvirtúen. En efecto, creer hoy en Dios con todas sus consecuencias, aceptando todo lo que ha revelado y todo lo que la Filosofía y la Teología nos enseñan, nos haría ver como poco ambiciosos, poco competitivos, poco evolucionistas, poco democráticos...
Perdiendo a Dios.
Nada más conveniente, entonces, que una interpretación impersonal de Dios, propia de un panteísmo naturalista, como el oriental, donde Dios se identifique con el universo y sus leyes, en vez de ser su creador. Pero no podremos dialogar con un Dios impersonal, ni lo podremos amar, ni podremos seguir conservando la esperanza en una vida futura, y acabaremos por volver al temor... Y esto es precisamente lo que nos está sucediendo: ¡estamos perdiendo a Dios!






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