MATRIMONIO Y FAMILIA

Sexo y paz moral (4)


Hay matrimonio y familia cuando el amor lleva a la fiel plenitud de la vida sexual, fecunda en hijos, en una unión estable que favorezca su educación.

Estamos acostumbrados a considerar las relaciones sexuales dentro del matrimonio como las relaciones sexuales morales por excelencia. Y tal costumbre responde a la verdad al menos en el sentido de que dentro del matrimonio es donde el ejercicio de la sexualidad humana alcanza su plenitud.
Matrimonio y familia.
En el matrimonio se desea tener algunos hijos o hijas y formar una familia. En efecto, los hijos son la continuidad del amor de sus padres, y la familia es el mejor lugar para la educación y el desarrollo de los hijos. Es la fecundidad en hijos dentro de la familia, fundada en el matrimonio, lo que permite que la especie humana se perpetúe de manera óptima y lo que justifica que dentro del matrimonio se tenga la plenitud del ejercicio de la sexualidad humana.


El matrimonio requiere del noviazgo

En el matrimonio se normaliza y establece la fidelidad del amor entre los cónyuges; misma que ya venía desarrollándose desde la etapa del noviazgo. El noviazgo es una preparación para el matrimonio, donde el amor de los novios es tentativa o experimentalmente exclusivo, es decir, hay entre los novios una fidelidad relativa, que se hará absoluta o completa gracias al compromiso matrimonial. Ya los novios se sienten traicionados si la fidelidad de su amor es violada sin previa terminación del noviazgo. El noviazgo se puede terminar debido a que ahí el amor es sólo un potencial amor conyugal, a prueba, y debido al posible reconocimiento de uno de los novios, o de ambos, de que el matrimonio no es el camino adecuado para ellos. Precisamente por tratarse de un potencial amor conyugal de los novios, o a prueba, la naturaleza del noviazgo no exige que su amor se perpetúe. Es de la naturaleza del noviazgo que el amor de los novios esté condicionado a que no exija su perpetuidad.
Matrimonio y familia.
El noviazgo es así porque es sólo una preparación para el matrimonio, en la que los novios pueden apreciar por un tiempo, de manera vivencial y experimental, si realmente quieren llegar al compromiso matrimonial, donde la fidelidad conyugal es ya definitiva. El noviazgo procura prever y evitar el error de un matrimonio disfuncional e infeliz. De otra manera el noviazgo en realidad no tendría razón de ser; sería una relación amistosa superflua y complicada que únicamente limitaría la libertad de él y de ella.
Matrimonio y familia.
El noviazgo es un fenómeno muy peculiar, raro, extraño, casi improcedente o inmoral; porque la naturaleza del amor es perpetuarse. Nadie inicia una amistad pensando en terminarla al cabo de un tiempo. La amistad podrá apagarse un poco debido a múltiples circunstancias, como la distancia, el tiempo, la diversidad de ocupaciones, etcétera, pero la amistad sigue ahí y puede avivarse en cualquier momento. Quien rompe libre y voluntariamente la amistad, ha traicionado el amor de amistad... ¡ha traicionado el amor! Soy tu amigo para siempre, soy tu hermano para siempre, soy tu padre para siempre, soy tu madre para siempre, soy tu hijo para siempre, y así en toda relación amorosa. ¡El amor es para siempre! Incluso la revelación lo dice: “El amor nunca se acaba” (1 Corintios 13, 8).
Matrimonio y familia.
¿Cómo entonces el amor del noviazgo puede terminar? Y más aun, ¿cómo puede estar condicionado para no exigir perpetuarse? La realidad es que entre los novios hay un amor de amistad cabal, y éste debe perpetuarse. Pero entre ellos no hay un amor noviazgal cabal –ni siquiera existe la palabra en español–; si lo hubiera tendría que perpetuarse; y mucho menos hay todavía un amor conyugal cabal. Lo que hay en el noviazgo, desde una amistad que se va haciendo más íntima, es un acercamiento, una miradita, una probadita de lo que podría llegar a ser un amor conyugal. El noviazgo no deja de ser sólo una amistad más íntima –para acercarse, mirar y probar–; no es todavía un amor conyugal.
Matrimonio y familia.
Por eso los novios que terminan deben seguir siendo amigos, ya que la amistad es un amor cabal, y como tal es para siempre; aunque por lo pronto, y para aliviar el dolor de terminar, convenga que sigan algún tiempo por caminos diferentes. El noviazgo implica el riesgo del dolor, de un dolor temporal, a fin de no ir a caer en el dolor definitivo de un matrimonio malogrado. La grandeza del matrimonio no escatima el sufrimiento de la posible terminación de un noviazgo, o de varios, o de muchos. El hecho de que el noviazgo exista indica ya la seriedad del compromiso matrimonial (si no hubiera habido pecado original tal vez no sería necesaria la existencia del noviazgo).
Matrimonio y familia.
El haber tenido que hablar aquí del tema del noviazgo, pone de manifisto la necesidad o conveniencia de tratar el tema del noviazgo como preparación para tratar el tema del matrimonio. Si se siente la necesidad de esta preparación tan sólo al redactar, mucho más se sentirá tal necesidad en la vida misma.


La unidad de carne en el matrimonio

La grandeza del matrimonio radica en que fue diseño y creación de Dios. Él creó al primer hombre, Adán; y luego a la primera mujer, Eva; y luego se la dio a Adán como esposa, como “una ayuda adecuada” (Génesis 2, 18), como una persona complementaria, para que no estuviera solo, y para que haciéndose ambos una sola carne fueran fecundos y se multiplicaran. Adán aceptó encantado y libremente a Eva, y se sobrentiende que Eva hizo otro tanto. Es notable que Dios tuvo con Eva la delicadeza de que ella nunca estuviera sola. El hombre es humanamente incompleto, lo mismo que la mujer, y cada uno es una ayuda para el otro. “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer” (Génesis 2, 24). Y por eso “lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6).
Matrimonio y familia.
Normalmente se piensa que la unidad de carne entre los cónyuges tiene lugar en el coito, y sin duda el coito es una expresión o manifestación de esa unidad de carne. También se piensa que la unidad de carne se da en los hijos, y también es verdad que los hijos son otra expresión o manifestación de la unidad de carne. El coito es algo breve como unidad de carne, además de ser intermitente. Mas la unidad de carne no termina porque el coito termine. Los hijos pueden morir todos, más tampoco por eso termina la unidad de carne de sus padres, si aún viven. Entre los cónyuges hay una unidad de carne más profunda, que además es permanente. Cristo dice lo siguiente:

  • “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6).

Hay una sola carne, una unidad de carne, a la que Cristo se refiere al decir que lo que Dios unió no lo separe el hombre. Esa unidad de carne es algo que “Dios unió”. El matrimonio se realiza debido al libre consentimiento de los contrayentes, y en ese momento Dios une las carnes de ambos de una manera profunda y que no es fácil de entender. Es una unidad de algún modo expresada en un pasaje de San Pablo:

  • “La mujer no es dueña de su propio cuerpo, sino el marido; e igualmente tampoco el marido es dueño de su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Corintios 7, 4).

En el matrimonio algo hacen los contrayentes, y luego cónyuges, y algo hace Dios. Los contrayentes dan su libre consentimiento de unirse en matrimonio, y ese momento pasa. Pero en ese momento Dios une sus carnes de una manera profunda y permanente. Luego los cónyuges tienen coitos, y esos momentos también pasan. Y luego tienen hijos, que pueden morirse. Lo permanente es la unidad de carne, y es algo que Dios une. Y esa unidad de carne, causada por Dios, es una mutua y peculiar asunción que se da entre los cónyuges y que permanece de continuo hasta la muerte del primeroincluso cuando ambos se encuentran distantes, y aun muy distantes.

Entrar al detalle en este tema requiere de tecnicismos filosóficos y teológicos que rebasan el ámbito de estos artículos. Pero podemos al menos destacar lo siguiente. Si la unidad de carne de los cónyuges que el ser humano no debe separarfuera el coito, lo que Cristo estaría pidiendo sería un coito ininterrumpido desde la boda hasta la muerte. Y si esa unidad de carne fuera la de los hijos, lo que Cristo estaría pidiendo sería que los padres no descuartizaran a sus hijos. Obviamente Cristo no pedía ninguna de estas dos cosas. Pedía que no se separara una unidad de carne más profunda, que exige la fidelidad entre los cónyuges, y que permanece desde la boda hasta la muerte de alguno de ambos.
Matrimonio y familia.
Se trata de una unidad de carne que Dios une y que ni el hombre ni la mujer pueden separar, y que les causa rebeldía cuando se quieren separar. Por eso cuando uno de los cónyueges es abandonado por el otro, siente que se le trata de arrebatar la unidad de carne, y puede decir: me siento incompleto. Lo cual no sucede cuando su cónyuge simplemente viaja, y volverá, porque la unidad de carne permanece a través de la distancia.
Matrimonio y familia.
Lo importante de todo esto es comprender y reconocer que Dios está presente y que interviene en todo momento del matrimonio, de manera continua. Debido a lo cual algunos han hablado de matrimonio de tres. Hay mucha riqueza y profundidad en el matrimonio. San Pablo lo decía así: “Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (Efesios 5, 32). Mucho de esto se refiere al matrimonio cristiano, que es también un sacramento. Sin embargo, lo de la intervención divina en la unidad de carne se da en todo matrimonio auténtico, cristiano o no, e incluso en tiempos previos al cristianismo.
Matrimonio y familia.
Importa notar ya desde ahora que al abandonar el hombre a su padre y a su madre y unirse en matrimonio a su mujer, “ya no son dos, sino una sola carne”. Y que su misión es procrear y multiplicarse. No es el caso, por tanto, de que ya no sean treso más, sino una sola carne. El matrimonio no se da entre tres o más seres humanos, sino sólo entre dos. Ni es el caso de que no tengan la misión de procrear y multiplicarse. El matrimonio se da sólo entre un hombre y una mujer, no entre dos hombres ni entre dos mujeres.
atrimonio y familia.
Ya aquí puede apreciarse la fidelidad que debe haber entre los cónyuges, que es corroborada por el fenómeno de los celos, e incluso por el fenómeno de la favorita en las sociedades polígamas; y también por la conveniencia de dicha fidelidad en favor de la educación de los hijos. También puede apreciarse ya la necesidad de que los cónyuges sean un hombre y una mujer, a fin de que puedan tener hijos reales, biológicos. Se aprecia, pues, que el matrimonio es de uno con una hasta la muerte.
Matrimonio y familia.
Si han aparecido otras uniones sexuales que no tienen estas características, no deberían llamarse “matrimonios”. Y si se insistiera en llamarles “matrimonios”, habría que darle otro nombre a lo que aquí –y tradicionalmente– hemos llamado matrimonio, ya que se trata de uniones esencialmente distintas. Y claro, lo correcto es que se llame matrimonio a lo que tradicionalmente se ha llamado así, y que sean esas otras uniones las que busquen un nombre diferente. Trataré de la moralidad de esas otras uniones sexuales en artículos futuros. Lo que importa aquí es sólo destacar la naturaleza del matrimonio y la esencial diferencia que tiene con esas otras uniones sexuales.
atrimonio y familia.

Dios quiere muchos hijos de los matrimonios

Hemos visto que Dios creó al hombre y a la mujer sexualmente diferenciados para que fueran complementarios y fecundos, y que les dio la misión de procrear y multiplicarse a fin de que la especie humana se propagara en forma de hijos que fueran el fruto del amor de sus padres. Pero parte de la misión dada por Dios fue que se multiplicaran en gran medida y que tuvieran muchos hijos; así se comprueba en muchos pasajes de la Sagrada Escritura, entre los que he seleccionado los siguientes:

  • “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra” (Génesis 1, 28).
  • Yo haré que tu descendencia sea numerosa como el polvo de la tierra. Si alguien puede contar los granos de polvo, también podrá contar tu descendencia (Génesis 13, 16).
  • “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas... Así será tu descendencia” (Génesis 15, 5).
  • Haré que tu descendencia sea una multitud incontable como la arena del mar (Génesis 32, 13).
  • Tu esposa será como una vid fecunda en el seno de tu hogar; tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa(Salmos 128, 3).
  • Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: «Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de mi oprobio ante los hombres»(Lucas 1, 24-25).
  • La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo(Juan 16, 21).
  • También por la fe, Sara recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar(Hebreos 11, 11-12).

Podemos decir que, de hijos, Dios no tiene llenadero. Dios crea a los seres humanos por amor, para hacerlos finalmente felices, porque son más hijos suyos que de sus padres humanos; y por lo mismo quiere tener muchos hijos, hasta llenar la Tierra. Cada hijo humano es una persona, y cada persona es de un valor incalculable. Tomás de Aquino pensaba que una sola persona es más valiosa que el entero universo material. Y yo digo más: un solo acto de amor es más valioso que el entero universo material.
Matrimonio y familia.
Dios no quiere que nazcan hijos fuera del matrimonio y que carezcan de una auténtica familia, sino que nazcan dentro del matrimonio y que gocen de una vida familiar. Por eso Dios quiere que los actos sexuales dentro del matrimonio puedan ser fecundos, es decir, que no se impida que lo sean. Y por eso va contra la voluntad de Dios que los cónyuges directamente quieran que el hijo no venga como fruto de un coito particular.
Matrimonio y familia.
Sin embargo los cónyuges pueden querer directamente otras cosas que indirectamente tengan la consecuencia de que el hijo no venga como fruto de un coito particular; por ejemplo, el que la madre no peligre ante un embarazo inmediato, o la conveniencia de espaciar el tiempo previo a un nuevo embarazo a fin de que el cuerpo de la madre se recupere debidamente del embarazo anterior; y puede haber otros motivos de importancia ética semejante. Pero en estos casos no se quiere –no se debe querer– que el hijo no venga; siempre se debe querer que el hijo venga, pero se puede aceptar la consecuencia de que no venga debido a motivos éticos importantes, o graves, como los anteriores y algunos más.
Matrimonio y familia.
A los cónyuges corresponde estar atentos y vigilar si hay motivos éticos serios para espaciar o evitar los embarazos aceptando la consecuencia –sin quererla en directo– de que el hijo no venga a partir de algunos coitos; y también averiguar a fondo la gravedad real de cada caso para finalmente, con dicha información, poder ellos decidir en conciencia y delante de Dios lo que han de hacer.
Matrimonio y familia.
Es Dios quien da la vida y da la muerte (cfr. Deuteronomio 32, 39). Es Dios quien decide el número de hijos que quiere de cada matrimonio. No es correcto que sea el matrimonio el que decida el número de hijos que quiere tener, como si conociera la decisión divina y se adhiriera a ella, o que decidiera sin importarle contrariar una decisión divina que desconoce. Tampoco es correcto que el matrimonio decida espaciar los hijos arbitrariamente, o a capricho, o por motivos sin la debida importancia. El control del número de hijos, y el de su espaciamiento, no está en manos del matrimonio ni depende de su decisión, como consta por el hecho de que muchos matrimonios no logran tener el número de hijos que quisieran, o no logran tener ninguno.
Matrimonio y familia.
Por ejemplo, si un matrimonio quisiera tener cuatro hijos, primero dos y varios años después otros dos, tal vez varios años después de los primeros dos ya sólo lograría tener un hijo más, haciendo un total de tres, y no de cuatro. Si quisieran tener cuatro hijos, deberían procurar tenerlos cuanto antes. Está en la decisión del matrimonio impedir un hijo, pero no está en su decisión tenerlo; ni está en su decisión espaciarlos a voluntad. El matrimonio sólo tiene seguridad negativa, para impedir; no tiene seguridad positiva, para lograr. Cada hijo es un don de Dios, y hay que aprovechar al máximo esos dones.
Matrimonio y familia.
Como vimos en el artículo Sexualidad humana, en la Protoalianza Dios se comprometió a crear un alma para cada concepción humana, y no al revés: que para la creación de cada alma un matrimonio se comprometiera a aportar una concepción humana, pues ni siquiera sabría cuándo tendría que procurar aportarla. El hecho es que Dios dejó a cada pareja la iniciativa de aportar cada concepción humana, y se comprometió a crear un alma en cada caso. Los padres no son auténticos creadores del hijo, ni de su alma ni de su cuerpo. Ellos solamente colaboran a que tenga lugar la concepción del hijo, para que luego Dios cumpla con su compromiso de crear el alma; es decir, los padres toman la iniciativa de hacer algo a favor de la creación del alma de parte de Dios, hacen algo pro-esa-creación, y por eso son pro-creadores. Los padres no son creadores ni co-creadores, sino sólo procreadores. Por eso los hijos son más hijos de Dios que de sus padres humanos.
Matrimonio y familia.
Dios ha dado a los padres el maravilloso don de ser procreadores al darles la iniciativa de la concepción de sus hijos, a lo que Él responde creando el alma. A ellos no se les ha dado el poder creador, pero ciertamente se les ha dado la iniciativa del acto creador de Dios. Y en efecto, si los cónyuges no aportan la concepción del hijo, Dios no crea el alma; Dios no crea el alma en vacío, para ningún hijo. Y es interesante notar que Dios crea el alma dentro del cuerpo de la mujer, por lo que ¡la mujer es la anfitriona del acto creador de Dios! Los cónyuges tienen la opción tremenda de inhibir el acto creador de Dios, dado que Dios ha planeado respetar esa opción suya. Por tanto, que los cónyuges eviten voluntariamente la posible concepción en un coito particular, sin motivo que lo justifique, equivale a decirle a Dios lo siguiente:

  • ¿De verdad nos dejas la iniciativa de tu acto creador? Pues, entonces... ¡de nuestra cuenta corre que no puedas crear el alma del hijo que tanto quieres!

Claramente puede apreciarse y comprenderse que se trata de un gran pecado. Se trata de un pecado más grave que el pecado del aborto voluntario, debido a lo siguiente. En el caso del aborto, el niño concebido y abortado no podrá gozar de la vida presente, y se le hizo un daño considerable porque se le violó su derecho a la vida; pero ciertamente podrá gozar de la vida futura. En cambio, en el caso de evitar la concepción, el posible niño –ni concebido ni existente– no podrá gozar de la vida presente... ¡ni de la futura! Por lo cual el daño hecho fue mayor.
Matrimonio y familia.
A lo anterior se puede objetar que al niño no concebido no se le hizo ningún daño ni se le violó derecho alguno, precisamente porque no llegó a existir, es decir, porque no hubo ninguna persona a quién dañar ni a quién violarle sus derechos. Y es verdad. Mas precisamente porque no se violaron los derechos de un niño inexistente, los derechos violados fueron sólo los de Dios. A Dios se le violó su derecho de crear. Además, a Dios no se le mató un hijo, sino que se le hizo un agravio peor: ¡se le impidió la creación del alma de un hijo que Él quería que existiera, y que gozara de la vida presente, y también de la futura! Y se le impidió esa creación abusando de la confianza que Él nos tuvo al darnos la iniciativa de su acto creador. Indudablemente es un gran pecado.
Matrimonio y familia.
En la actualidad se ha difundido mucho lo que ha dado en llamarse cultura de la muerte. Como su nombre lo indica, se trata de una “cultura” que favorece lo que conduce a la muerte y que, por oposición, va contra la cultura de la vida. La cultura de la muerte promueve la pena de muerte, las guerras, el aborto, la eutanasia, etcétera, y también el control libre –no justificado– de la natalidad; y con mayor precisión de la no natalidad, en negativo, ya que no hay control de la natalidad en positivo. Es increíble cómo la cultura de la muerte está llevando a la mujer a no querer tener hijos, a no querer ser anfitriona del acto creador de Dios. Ese control libre de la no natalidad se ha difundido en muchísimos pueblos, cristianos o no, mas no entre los musulmanes, con la consecuencia de que la población musulmana va aumentando en todo el mundo.
Matrimonio y familia.
Sin duda respetamos la religión musulmana, pero dentro de pocas décadas, sin necesidad de guerras ni de terrorismo, los pueblos cristianos se habrán convertido en pueblos mayoritariamente musulmanes, donde, siendo ellos mayoría, democráticamente llegarán a controlar los puestos de gobierno y acabarán por imponer la religión musulmana por la fuerza y de manera oficial, tal como es su costumbre. Es como si Dios nos dijera lo siguiente:

  • ¿No quieren darme hijos ni respetar la religión cristiana? Bueno, yo respeto su libertad... pero ustedes acabarán viviendo en países oficialmente musulmanes, con todas sus consecuencias.

Todo lo que va dicho en este artículo nos permite comprender que el ejercicio físico de la sexualidad humana se da en plenitud sólo dentro del matrimonio fecundo. Y podemos intentar otra definición del matrimonio de la siguiente manera:

  • El matrimonio es la fiel unión de vida y amor de un hombre y una mujer, permanente hasta la muerte, destinada a formar familia teniendo y educando hijos, a fin de darle más hijos a Dios y perpetuar así la especie humana ejerciendo la sexualidad física en plenitud; pero dejando abierta la posibilidad de que la sexualidad física sea ejercida fuera del matrimonio de manera infecunda y menos plena.


Importante recordatorio del valor del sexo y de la crisis del incumplimiento

A fin de evitar posibles e injustificados “escándalos” de parte de algunos lectores en ciertas partes de estas investigaciones, se debe tener siempre en cuenta el hecho de que el sexo es un maravilloso obsequio divino que debemos apreciar y agradecer, y también el principio del valor del sexo, que debe orientar todo el desarrollo de una adecuada moral sexual cristiana:

  • Valor del sexo: Nunca se debe infravalorar la sexualidad humana. En todas las relaciones sexuales humanas, morales o inmorales, el fuego del amor humano, tanto el espiritual como el carnal, es una participación del fuego de Amor que es el Espíritu Santo. El ser humano, por ser libre, puede apagar el amor espiritual y obrar inmoralmente; pero no puede apagar la pasión carnal, porque no tiene un completo control sobre su cuerpo.

También es importante tener en cuenta el principio del derecho al sexo:

  • Derecho al sexo: Dios nos dio nuestra facultad sexual y tenemos derecho a ejercerla, como sucede con todas las otras facultades que Él nos dio.

Es importante tener siempre presentes estos principios en la revisión y el desarrollo de una adecuada moral sexual cristiana, como vimos en el artículo Sexualidad humana. Y es también conveniente tener presente que tal revisión y desarrollo de la moral sexual se debe a, y se justifica por, el hecho de que nos encontramos en la crisis del incumplimiento: seguimos divididos en católicos, ortodoxos y protestantes; y después de dos milenios sólo hemos logrado el 0.4% de lo que Cristo nos pidió.


Los hijos y su educación
Matrimonio y familia.
Lo normal es que los padres mueran antes que sus hijos. Alguno de los hijos podrá morir antes que sus padres, pero es raro que todos los hijos mueran antes que sus padres. Y claro, con la muerte de los padres se acaba el matrimonio y el amor conyugal que ellos se tenían en directo. Y entonces, al menos indirectamente, su amor conyugal continúa o se perpetúa sólo en sus hijos. Si no hubiera habido pecado original, ni muerte, el matrimonio no se acabaría, ni el amor que los cónyuges se tienen en directo; pero aun así los hijos serían una continuidad del amor de sus padres.
Matrimonio y familia.
Los hijos son como una imagen o espejo de sus padres incluso antes de que éstos mueran. Ya poco después de nacer, los hijos son como una imagen material de sus padres, y suele decirse: se parece a él, o se parece a ella, o tiene el mentón de él y los ojos de ella, o frases parecidas. Pero espiritualmente los hijos recién nacidos son como una “página en blanco”, y en la que los padres tendrán que “escribir” gracias a su labor educadora. Y entonces los hijos se irán pareciendo a sus padres también en lo espiritual; se irán convirtiendo en una imagen más completa de sus padres, aunque siempre haya diferencias más o menos notables y significativas. Que los hijos sean muchos o pocos dice ya algo acerca de sus padres; el conjunto de todos los hijos tiene también algún parecido con sus padres.
Matrimonio y familia.
Yo soy escritor y, como todos los escritores, con mucha frecuencia me encuentro con una página en blanco, ya sea en papel o en una computadora. Y también como todos los escritores, no permito que otros escriban lo que yo quiero decir; no delego en otros algo tan personal y tan íntimo como el redactar mis propios pensamientos. Hay quienes lo hacen, como algunos empresarios, políticos, gente muy ocupada, etcétera; y por el solo hecho de delegar algo tan personal e íntimo queda claro que no son escritores.
Matrimonio y familia.
En el caso de los escritores se trata de una página en blanco inerte. En el caso de los padres y sus hijos, en cambio, se trata de una “página en blanco” viva, con inteligencia y voluntad libre, capaz de conocer y de amar, de desenvolverse en la vida de uno u otro modo. Ante la vida de los grandes hombres y mujeres, y también ante la vida de los malvados, solemos preguntarnos cómo habrá sido su infancia y su desarrollo, cómo habrá sido su educación, cómo habrán sido sus maestros, y sobre todo cómo habrán sido sus padres.
Matrimonio y familia.
Los padres –padre y madre– no deberían permitir que sean otros –aparte de ellos mismos y su ambiente familiar– quienes se dediquen a escribir en esas amadas “páginas en blanco”. Me gusta y convence lo que dice la Sagrada Escritura: “¿Tienes hijos? Edúcalos” (Eclesiástico 7, 23). No dice: envíalos a que los eduquen otros.
Matrimonio y familia.
No deja de asombrearme que el mundo estaba mejor cuando no había escuela para todos, cuando el pueblo en su mayoría era educado por su propios padres, aunque éstos fueran analfabetos. Hace apenas dos siglos de esto, o un poco más, dependiendo de los disitintos países. Siempre ha habido escuelas para sacerdotes, militares, reyes, nobles y alguna que otra elite; pero no había escuela para todos, obligatoria y gratuita; ésta se fue desarrollando hace apenas dos siglos, aproximadamente.
Matrimonio y familia.
Los padres aman y conocen a sus hijos mejor que nadie, sobre todo si son ellos quienes los educan; y los educan para su propio bien, el de cada uno, de manera naturalmente personalizada. No lo hacen así los profesores en las escuelas, quienes tienen la pequeña guerra de la disciplina escolar con su numerosos alumnos. Y como por ser tantos no los conocen bien, tienen que examinarlos para saber cuál es su aprovechamiento; exámenes que son la parte más odiosa de la educación, tanto para los profesores como para los alumnos. Y éstos suelen llevarse mal con sus padres toda su infancia y parte de su adolescencia con motivo de los exámenes y las calificaciones. Enorme daño causado por la educación escolar.
Matrimonio y familia.
Pedagógicamente es reconocido que la educación debe ser paidocéntrica, es decir, debe girar alrededor del educando, de sus aptitudes e intereses. Los padres pueden educar así a sus hijos, porque son pocos, y porque los aman mucho y los conocen bien. La escuela, en cambio, aun no quriéndolo, tiene que violar el fundamental principio pedagógico del paidocentrismo, y hacer girar la educación alrededor de los planes escolares: los calendarios, los niveles, los cursos, las asignaturas, los programas, los horarios, los grupos, la disciplina, los castigos escolares, las tareas, los útiles y las mochilas, los odiosos exámenes, las calificaciones, las reprobadas, los reportes para los padres, los castigos paternos, las repeticiones de curso, los uniformes, las festividades, los desfiles, las cuotas económicas, y todo un largo etcétera. ¡La educación escolar no es paidocéntrica! Y de ahí sus enormes deficiencias, reconocidas por todos. Y aun así la escuela sigue y sigue, como si fuera un mal necesario.
Matrimonio y familia.
Una de las consecuencias negativas de la educación escolar es lo que hoy conocemos como brecha generacional. Los hijos infravaloran o incluso rechazan la autoridad de sus padres porque piensan que se quedaron atrás en conocimientos y costumbres. Los hijos tienen la mayor parte de sus relaciones interpersonales y de su tiempo interactivo en la escuela y prefieren la autoridad de sus maestros o de los líderes de sus pandillas. Al funcionar con grupos de muchos alumnos de la misma edad la escuela facilita el desarrollo del pandillerismo, con el peligro de llegar a la rebeldía e incluso a la violencia. En Estados Unidos son ya varios los casos de alumnos que llegan armados a la escuela y matan a compañeros y maestros.
Matrimonio y familia.
Más que formar las cabezas de sus alumnos, la escuela tiende a llenárselas con todo tipo de conocimientos, como si fueran unas enciclopedias ambulantes. Y esos conocimientos resultan ser inútiles en el sentido de que al poco tiempo se olvidan porque, al no relacionarse todavía con algún trabajo concreto, no tienen para los alumnos ninguna aplicación práctica. Hasta el final del bachillerato se gastan miles de horas en adquirir conocimientos destinados al olvido sin fruto alguno. Y hoy para obtener un buen trabajo se requiere alguna licenciatura y, cada vez, más estudios de postgrado.
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En tales circunstancias los matrimonios se realizan alrededor de los 30 años de edad, unos 15 años después de que los contrayentes son capaces de procrear, y cuando ya son personas muy hechas, que difícilmente se acoplan y amoldan como pareja conyugal. En buena parte a eso se debe que tantos matrimonios fracasen en la actualidad. Y por eso eran mejores los matrimonios de hace dos siglos o más, cuando todavía no había escuela obligatoria y los jóvenes se casaban a muy temprana edad y se acoplaban mejor como pareja conyugal.
Matrimonio y familia.
Durante los años que suelen ir del término de la pubertad al inicio del matrimonio, que son hoy unos 15, los jóvenes experimentan el impulso sexual más fuerte de sus vidas y sufren la frustración y el dolor de muchos noviazgos fracasados, que no pueden llegar al matrimonio por motivos económicos, debidos a no haber terminado las licenciaturas o postgrados requeridos. En la Iglesia las edades canónicas para el matrimonio han sido los 14 años para las mujeres, y los 16 años para los hombres, que son las edades indicadas por la naturaleza. La sociedad de hoy a recorrido esas edades, esos años, hasta los 30 ó más, pero la naturaleza no se ha recorrido. Hemos contaminado la ecología humana con nuestro deficiente sistema educativo.
Matrimonio y familia.

Familia y educación hogareña

En vista de todo eso, en Estados Unidos algunos padres decidieron educar personalmente a sus hijos en el ambiente familiar, a lo que se ha llamado home schooling, y que viene a ser lo mismo que la educación anterior a la escuela obligatoria, pero ya sin el analfabetismo de aquella época. Yo prefiero llamarlo educación hogareña, sin lo de schooling para que se no vaya a pensar que se trata de convertir el hogar en una escuelita, que sería algo monstruoso.
Matrimonio y familia.
Se trata de que los padres eduquen amorosa y naturalmente a sus hijos de manera personalizada, atendiendo a las aptitudes e intereses de cada uno conforme al principio del paidocentrismo, a modo de un interesante y continuo curso de verano, y sin los odiosos exámenes porque los padres conocen bien el aprovechamiento de cada uno de sus hijos. El interés de cada hijo se va relacionando y ramificando con otros intereses, y de esa manera los padres procuran ir logrando el debido currículo para cada hijo, quien se va evaluando a sí mismo con la ayuda de computadoras. Y así, con la confianza de ya estar bien preparados, sin temor van a examinarse oficialmente a fin de obtener el reconocimiento público de sus estudios y conocimientos.
Matrimonio y familia.
La educación hogareña se va difundiendo cada vez más en varios países y ya son millones los hijos e hijas que se educan de esa manera, y además con resultados superiores a los de la educación escolar. De tal forma, los padres son los continuos maestros y amigos de sus hijos y se evita la brecha generacional, lo mismo que el pandillerismo.

Los padres se quedan atrás en conocimientos porque no educan a sus hijos. Por ejemplo, ¿quién sabe Historia? Los que tienen esa afición, y los historiadores, y también los maestros de Historia. Las demás personas olvidan la Historia que estudiaron; y eso mismo les sucede a los padres que no les enseñan Historia a sus hijos. Y lo mismo les sucede con casi todos los otros temas: los padres se van quedando atrás en conocimientos. En cambio, si educan personalmente a sus hijos serán personas cultas y debidamente actualizadas.
Matrimonio y familia.
Además, cada hijo o hija puede organizar su propio horario y aprovechar mejor su tiempo, y así avanzar a un ritmo superior al de la escuela y comenzar a trabajar muy joven con el incentivo y el gusto de ganar su propio dinero (lo mejor es ir pasando cuanto antes de la heteroeducación a la autoeducación). De otra parte sus estudios, que puede ir eligiendo en relación con su trabajo, tendrán cuanto antes una debida y conveniente aplicación práctica, que será un estímulo para estudiar cada vez más y mejor. La dificultad ha sido que en nuestro tiempo los padres se han acostumbrado a pensar que la educación estricta le corresponde a la escuela, y no a ellos. Ésta es la mentalidad que hay que superar.
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Si he mencionado el tema de la educación hogareña es por la íntima relación que tiene con el matrimonio y la familia. Los jóvenes que se educan de esta forma pueden comenzar a trabajar pronto, ganar buen dinero pronto, casarse pronto, ejercer la plenitud de su sexualidad pronto y seguir estudiando a futuro ya casados y trabajando. En esto consiste la auténtica educación permanente. Así como se dice que “la familia que reza unida permanece unida”, también puede decirse que “la familia que se educa unida permanece unida”.
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Dado que el ejercicio pleno de la sexualidad tiene lugar en el matrimonio, que tiende a convertirse en familia, el tema del matrimonio y la familia reaparecerá con frecuencia en estos artículos. En el siguiente abordaremos el tema de la educación sexual infantil, que es sólo teórica.

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