LO DIFICIL ESTA EN EL DETALLE

No te enojes con Dios (4)

El detalle.
Domingo 20 de octubre de 2002.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Es fácil decir que alguien haga algo. Lo difícil es decidir lo que debe hacerse y quién debe hacer cada cosa, y cómo, y dónde, y cuándo. Y aun antes de eso, decidir y hacer que todo sea como debe ser, hasta el último detalle.


Breve preartículo
El detalle.
En artículos anteriores vimos que Dios permite el mal porque decidió crear el mejor de todos los mundos, y porque en ese mundo tiene que haber males. La cuestión que surge ahora es la de cómo “distribuir”, permitir, todos esos males en el mundo. Ciertamente, a fin de que en el mejor de los mundos haya todos lo bienes posibles, incluso aquellos que tengan mezcla de mal, ese mundo debe contener todos los males posibles que sean compatibles con todos los bienes posibles.

El problema es decidir cómo, dónde y cuándo permitir el surgimiento de cada uno de esos males, y cuáles serán los bienes que resultarán afectados. Con seguridad no es el caso de que Dios haya creado por un lado los bienes y por otro los males, y que luego decidiera a cuál bien adjuntar cada mal. En tal caso Dios sería la causa de los males de esos bienes... ¡sería causa del mal! Eso no es posible, porque Dios sería malo. Además, los males no existen, pues sólo son privaciones de algún bien, como a un hombre ciego le falta la vista.
El detalle.
Entonces, para que el mejor de los mundos contenga todos los bienes, incluso aquellos con mezcla de mal, los males deben surgir con ocasión de la limitación y del carácter falible de algunos bienes. Por tanto, Dios no crea males ni los distribuye en el mundo, sino que crea infinidad de bienes, abarcando así toda la gama de perfecciones; y entre ellos los habrá que sean falibles y que al fallar, incluso libremente, den lugar a la aparición de los males. Lo difícil es resolver el problema de cómo haya de suceder eso hasta el último detalle.
El detalle.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes con Dios


Cuerpo del artículo
El detalle.
En el segundo de los artículos de esta serie invité al lector a tratar de meternos “En la suela de los zapatos de Dios” para encontrar mejores soluciones a sus problemas —ante un supuesto permiso que Él nos diera de proporcionárselas— a modo de un peculiar recurso literario, ejercicio intelectual o truco que nos ayude a comprender mejor por qué las cosas son como son, y por qué Dios obra como obra y gobierna como gobierna. Si el cometido se hace difícil mis reflexiones pueden servir de ayuda, pero cada lector podrá aventurarse por senderos más personales.
El detalle.
En lo que sigue pasaremos de los aspectos generales de toda esta temática a los aspectos de detalle, que serán los que realmente nos permitirán comparar y ponderar las diferencias, si las hay, entre lo decidido y hecho por Dios y lo que decidiríamos y haríamos cada uno de nosotros.


Los aspectos generales
El detalle.
Al tratar de tomar en serio el ejercicio intelectual de meternos en la suela de los zapatos de Dios nos hemos dado cuenta de que todo el asunto de la creación depende de cuatro decisiones iniciales, que se comentan a continuación:
  1. Hay que decidir si crear o no crear. Decidimos crear, tal como de hecho lo hizo Dios.

  2. Hay que decidir el motivo del acto creador. Como Dios es tan perfecto que nada puede añadirse a Sí mismo con su creación, el motivo del acto creador debe ser altruista; y entonces decidimos crear por amor, incluyendo también personas a fin de poder comunicarles la dicha divina, tal como de hecho lo hizo Dios.

  3. Hay que decidir la perfección que tendrá la Creación. Esto se reduce a decidir si crear un mundo mediocre o crear el mejor de todos los mundos. Decidimos crear el mejor de todos los mundos, tal como de hecho lo hizo Dios, al menos en la opinión del filósofo Leibniz.

  4. Hay que decidir el criterio para elegir el mejor de los mundos. Son dos los criterios básicos: maximizar los bienes, aunque se arrastren males (criterio magnánimo); o habrá que minimizar los males, aunque se pierdan bienes (criterio pusilánime). Decidimos usar el criterio de maximizar los bienes, tal como de hecho lo hizo Dios, como se colige de la parábola del trigo y la cizaña (cfr. Mateo 13, 24-30).

De las cuatro decisiones anteriores se derivan las siguientes consecuencias:
  • El mejor de los mundos no está formado por creaturas del todo perfectas, sino por creaturas que abarcan toda la gama de perfecciones, incluidas sus deficiencias y su falibilidad.

  • Dios se nos oculta todo lo posible para darnos la oportunidad de que participemos al máximo en la conquista de nuestra gloria, que la merezcamos y que sea así más plena; por eso es un Dios callado y escondido.

  • El bien debe prevalecer, por lo que se debe buscar la dicha de las personas y que los males desaparezcan al final.

El lector podrá considerar ahora si preferiría haber tomado decisiones diferentes a las anteriores cuatro; y entonces tendrá que analizar las consecuencias que se deriven de sus decisiones. En caso de duda o de requerir mayor información, siempre puede recurrir a la lectura de los anteriores artículos mencionados.


Los aspectos de detalle
El detalle.
Como hemos podido ver, los aspectos generales son de atenta consideración, decisión y deducción; y por eso son relativamente fáciles. De hecho nos permiten comprender por qué Dios tomó las decisiones iniciales que tomó, pues lo más probable es que nosotros hayamos tomado esas mismas decisiones. En efecto, es poco probable que decidiéramos no crear, o que decidiéramos crear por motivos egoístas; y también lo es que decidiéramos crear un mundo mediocre o usar el criterio pusilánime.
El detalle.
Todo esto nos da la sensación de que si hubiéramos estado en la suela de los zapatos de Dios a la hora de la creación, no lo habríamos hecho peor que Él. Nuestro ego se siente muy halagado. Las dificultades comienzan cuando se trata de pasar a los aspectos de detalle. Hasta aquí todo va muy bien, ya sabemos lo que queremos hacer:
    Queremos crear el mejor de los mundos incluyendo toda la gama de perfecciones con criterio magnánimo y por amor, de modo que los males desaparezcan al final y que las personas alcancen la dicha.
¡Magnífico! ¿Y qué haremos en seguida? Por favor, hay que tomar conciencia de que nos encontramos justo antes de crear, y que, por tanto, no existe nada previo a nosotros mismos, es decir, no hay ninguna creatura que pueda servirnos de inspiración o de modelo. Además, como es obvio, no es legítimo recurrir a los conocimientos ni a la experiencia que hemos adquirido en nuestras vidas, ni podemos pedirle a Dios algún consejito; nosotros lo aconsejaremos a Él. Tenemos que ser del todo originales. ¡Ánimo! ¿Qué haremos?
El detalle.
Si estamos en la suela de los zapatos de Dios, que es un espíritu puro, ¿cómo podría ocurrírsenos, a partir de nada previo, la realidad de la materia? ¿Cómo podríamos concebir la existencia de espíritus encarnados, como los hombres? ¿Tendríamos la originalidad de diseñar un átomo, una molécula, una célula, un ojo, un sistema nervioso, un sistema reproductivo, el placer sexual? No digamos ya sistemas planetarios y galaxias, ángeles y almas humanas, orden y libertad, naturaleza y persona, conocimiento y amor.
El detalle.
Y ante el mal que afectará a las personas al principio, y deberá desaparecer al final, ¿cómo diseñaríamos un plan para salvarlas? No es fácil jugar a Dios; es algo que marea, ¿no es verdad? Dios creó toda la gama posible de creaturas, incluidas las personas, y nosotros no podríamos imaginar nada de eso si no lo viéramos; nuestra imaginación compone a partir de lo que ya hemos visto. De hecho todavía no podemos imaginar muchas de las realidades que no hemos visto. ¿No es verdaderamente lamentable que los mejores científicos ni siquiera puedan concebir la vida sin agua?
El detalle.
Y para las personas, a quienes ama entrañablemente, Dios diseñó un plan maravilloso a fin de salvar a las que están dañadas por algún mal; y tampoco podríamos imaginar ese plan si no lo conociéramos por la Revelación. Y muchas veces, dada su riqueza, al conocerlo no acabamos de creerlo. Somos relativamente buenos para entender los aspectos generales del obrar divino, pero somos del todo limitados, incapaces e ineptos para comprender los detalles de sus obras.


La concepción de un decreto
El detalle.
Un decreto (un podría ser así) es la concepción divina o diseño de toda una posible creación, de principio a fin, en todos sus aspectos, generales y de detalle. Nosotros vivimos en el decreto actual, y no sabemos si hay otros decretos; más aun, ni siquiera sabemos si es posible que se realicen varios decretos distintos, ya sean simultáneos o sucesivos, o si todos ellos tan sólo conformarían un decreto global mayor, que sería el verdadero decreto.

En la realización o decreto real (hágase así) de que la completa concepción divina de toda una posible creación pase de la nada a la existencia, Dios —como causa primera— tendría que darles todo su ser y todo su obrar, en cada instante, a todas y cada una de sus partes, por ínfimas que puedan ser; y lo mismo hay que decir de las acciones libres de las personas. Por esto es verdad que no se mueve la hoja del árbol sin el consentimiento de Dios. A mí me gusta decir que no se mueve la neurona del político sin el consentimiento de Dios.
El detalle.
En un decreto Dios ha previsto y permitido cada detalle, por ínfimo que pueda ser. Por ejemplo, un parpadeo mío concreto y determinado, del presente decreto, tarda un tiempo preciso. Pues bien, si se diseñara ese mismo parpadeo con una duración ligeramente distinta, como de una fracción de segundo más, o menos, ya no pertenecería a este decreto, sino a otro. Es claro, por tanto, que los posibles decretos son infinitos.

Dios ha comparado todos los decretos posibles y ha elegido el mejor para traerlo a la existencia; ése es el decreto presente, en el cual vivimos, es decir, el mejor de todos los mundos posibles. Y Dios conoce, hasta el mínimo detalle, queriendo todos los bienes y permitiendo todos los males, todo lo que ha sucedido, todo lo que sucede y todo lo que sucederá en el decreto presente, incluidas todas las acciones libres de las personas.


La funcionalidad global de un decreto
El detalle.
Pero eso no es todo. En un decreto hay un buen funcionamiento global e integral. Todo se relaciona con todo en un buen funcionamiento global, que es el mejor de todos, aunque incluya males, como ya hemos visto. En un mismo decreto no puede haber realidades contradictorias. Por ejemplo, yo no podría estar sentado y no estar sentado a la misma hora y en el mismo lugar. Aquí la contradicción es obvia e inmediata, pero puede haber contradicciones encubiertas y mediatas, lejanas en el tiempo y el espacio, como que María hubiera tenido pecado original y, años después, fuera la Madre del Verbo Encarnado. Esta encubierta contradicción se le escapó a Santo Tomás de Aquino.

Si nosotros pretendiéramos concebir un decreto, se nos escaparían muchísimas contradicciones encubiertas y mediatas; nuestro diseño no sería funcional. Se nos escaparían detalles de la Vía Láctea que deben armonizar con la nebulosa de Andrómeda. Una diferencia mínima en nuestros actos puede tener consecuencias enormes. Si yo tardo un segundo más en contestar el teléfono, esa diferencia de tiempo puede bastar para que la otra persona cuelgue la bocina, de modo que la conversación no se realice, sabrá Dios con qué consecuencias.
El detalle.
Una noche mi teléfono sonó como a las tres de la mañana. La persona que llamaba era una mujer, ya madura, que tiempo atrás había asistido a varias conferencias mías. Yo casi no la recordaba. Se disculpó por hablarme a esa hora y me dijo que al abrir un cajón para tomar las pastillas con las que iba a suicidarse, encontró un viejo trozo de papel con mi teléfono; tuvo un buen recuerdo de mí y decidió llamarme para despedirse. Hablé con ella largo rato, quizás un par de horas, y finalmente desistió de su propósito y decidió seguir adelante. Si yo hubiera tardado unos segundos más en contestar el teléfono, quizás ella habría colgado la bocina y se habría suicidado. Sólo Dios lo sabe.

Otro ejemplo tremendo es el de dejar de tener un hijo, con lo cual pueden cancelarse cadenas de generaciones que incluirían artistas, científicos, santos... Al darles en cada instante todo su ser y todo su obrar a sus creaturas, Dios tiene buen cuidado de que unas ejerzan su causalidad sobre las otras, de modo que todo influya en el conjunto. ¿Cómo podríamos nosotros prever tanto detalle? Es algo que rebasa enormemente nuestra limitada capacidad. Por eso Dios no nos revela todo —sería inútil—, sino que se reduce a señalarnos lo esencial del camino.
El detalle.
No es fácil evaluar y juzgar el plan de Dios; y menos conociéndolo sólo en parte; y menos aun sin saber qué tan pequeña es la parte que conocemos, ni cómo encaja en el conjunto total. No nos molestemos al escuchar una disonancia en una pieza musical que oímos por primera vez, pues todavía no sabemos cómo la va a resolver el compositor.
El detalle.
Y así, volvemos nuevamente a lo mismo: procuremos no enojarnos con Dios, sino aprender de todo lo que ha hecho y nos ha revelado. Y por ningún motivo pretendamos enmendarle la plana, pues Yavé le dice a Job: “El que pretenda enmendarle la plana a Dios, responda” (Job 40, 2).








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