EL AFAN DE PODER EN LA IGLESIA

No te enojes con la Iglesia (7)


Afan de poder.
Domingo 26 de septiembre de 2004.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Para poder entender sin escándalo el peculiar fenómeno del afán de poder que se ha dado en la Iglesia, hay que entender cómo surge el afán de poder en todas las sociedades humanas.


Breve preartículo
Afan de poder.
Una vez que hemos visto, en el artículo previo de esta serie, que la eficacia redentora de la Iglesia no puede ser frenada por los males, y ni siquiera por el pecado, podremos ya, como ahí mismo se dijo, pasar a hablar directamente, con autocrítica constructiva, de los diversos males que se han dado y siguen dándose en la Iglesia. Comenzaremos por analizar en la Iglesia un mal muy peculiar, un defecto muy peculiar: el afán de poder.
Afan de poder.
El análisis del afán de poder nos abrirá camino para estudiar con mayor facilidad y fundamento otros males que se dan en la Iglesia. Y también, de manera notablemente paradójica, el profundizar un poco sobre el afán de poder, con las peculiares características de darse precisamente en la Iglesia, permitirá y hasta favorecerá el que nuestra crítica sea una auténtica autocrítica constructiva. Será conveniente, además, para tener otros elementos de juicio, analizar cómo degeneran algunas ciencias humanas.
Afan de poder.
Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo que se ofrece en seguida:

No te enojes con la IglesiaAfan de poder.


Cuerpo del artículo
Afan de poder.
Aquí, en el inicio del cuerpo del artículo, lo mismo en éste que en los siguientes artículos de esta serie, reproduciré, para tenerla a la vista, la lista de 20 males que representativamente se han dado en la Iglesia a lo largo de su historia; lista que fue elaborada en el artículo Algunos males que se han dado en la Iglesia. De esta forma será más fácil referirse a cualquiera de ellos, por el número que ocupa en la lista, siempre que sea conveniente. He aquí la reproducción de la lista:
  1. Ya entre los Apóstoles, Judas traicionó al Señor, Pedro lo negó y todos lo abandonaron en la Cruz, excepto Juan.
  2. Aparecieron las herejías.
  3. Los Pastores adquirieron poder temporal.
  4. Los Pastores adquirieron riquezas y tierras.
  5. Se permitió que el pueblo fiel permaneciera en el analfabetismo, a pesar de que éste no existiera en el pueblo hebreo.
  6. La obra redentora dejó de enfocarse de manera antropocéntrica, porque equivocadamente la fueron enfocando de manera sacrocéntrica, y todo se fue haciendo difícil.
  7. La moral se fue haciendo rigorista y represiva, y también laxa; sobre todo rigorista y represiva en lo sexual, y laxa en lo referente a las riquezas.
  8. Los Pastores provocaron los dos grandes cismas, el de Oriente y el de Occidente.
  9. La Santa Sede adquirió ejércitos.
  10. Se lanzaron las Cruzadas.
  11. Se lanzó la Inquisición y millares de personas murieron en la hoguera.
  12. Los anatemas se usaron profusamente y se confundieron con definiciones dogmáticas, que son infalibles; y por eso se consideraron como infalibles algunas enseñanzas que no lo eran.
  13. Los Pastores implícitamente se declararon superiores a los simples fieles, anatematizando al que dijera que el celibato no es superior al matrimonio.
  14. Las facultades de Teología estuvieron cerradas a las mujeres y a los laicos prácticamente hasta el tiempo del Concilio Vaticano II.
  15. Se abrió la posibilidad de anular matrimonios en cantidades escandalosas; y muchas de esas anulaciones son verdaderos divorcios disfrazados, que han destrozado multitud de familias cristianas.
  16. Se han atropellado algunos derechos humanos, como el de libertad religiosa, el de opinión, el de expresión y el derecho a la información.
  17. Muchos Pastores se han hecho prepotentes, se han otorgado fueros a sí mismos y, entre ellos y el clero en general, han cometido muchos abusos y dado muchos escándalos.
  18. Se ha permitido, y hasta favorecido, la pena de muerte y la llamada guerra justa.
  19. La investigación teológica está en la actitud de "la bien pagada", exagerando el valor del tomismo y arrastrando doctrinas teológicas que hoy son insostenibles.
  20. Consecuencia del inciso anterior es el desprestigio de la Teología en el mundo científico de hoy.

Diferencias entre el poder y la autoridad
Afan de poder.
Autoridad y poder suelen tomarse como sinónimos, o casi como sinónimos, pero en realidad se trata de términos y conceptos muy distintos, ya que se tiene autoridad en la medida en que no se tiene poder auténtico. Procuraré explicarme. El poder auténtico se apoya en el propio ser, es decir, se tiene poder auténtico cuando se tiene la causalidad eficiente para realizar lo que se pretende; y en tal sentido, por ejemplo, Dios tiene poder auténtico: "Dijo Dios: «Haya luz»; y hubo luz" (Génesis 1, 3). Los sacerdotes tienen poder auténtico, en su ser ungido, cuando administran los sacramentos. Algunos maestros tienen poder auténtico, poder de convencimiento, cuando eficientemente convencen a sus alumnos de lo que les enseñan.
Afan de poder.
En general, todos tenemos poder auténtico en lo que podemos realizar por nosotros mismos, de preferencia sin instrumentos; y también tenemos poder auténtico para usar los instrumentos. Cuando no se tiene poder auténtico, a lo más se tiene la capacidad de lograr que otros hagan lo que uno mismo, solo, no puede hacer; tal capacidad, cuando se usa como servicio para el bien social, es el poder del gobierno humano o autoridad; y es poder despótico cuando se usa para el mal, que es el poder de los tiranos y déspotas.
Afan de poder.
El ejercicio de la autoridad, o actividad del gobernante, se apoya en el amor al bien social —bien común— y en el poder auténtico de cada uno de los súbditos, y también en la capacidad del gobernante para coordinar sinérgicamente la suma de todos esos poderes individuales en vistas al logro del bien común. En esta coordinación los súbditos obedecen auténticamente a la autoridad, es decir, libremente colaboran bajo su guía hacia la consecución del bien común.
Afan de poder.
El poder despótico, en cambio, se apoya en el temor; lo cual permite distinguir el afán de poder del afán de riquezas. Al que tiene afán de poder le puede bastar vivir en una choza, pero cuando él da una orden, esa orden se cumple; y si no... Al que tiene afán de riquezas jamás le satisfará vivir en una choza, aunque todos lo obedezcan. El rico compra a sus hermanos, el déspota los atemoriza. El déspota no puede hacer por sí mismo lo que pretende, pues no tiene poder auténtico; ni logra por auténtica obediencia la libre colaboración de los otros, sino que logra tejer una telaraña —hecha de engaños e intrigas— en la que todos llegan a temer y desconfiar de todos, y así, por temor, acaban por acatar sus despóticas órdenes.


El poder corrompe
Afan de poder.
Quien tiene afán de poder suele gobernar despóticamente; y, de otra parte, el poder corrompe. Esta última afirmación merece una mayor consideración, y podríamos precisarla más de la siguiente manera: todo poder —incluso la autoridad y el poder auténtico— tiende a corromper a los hombres dañados por el pecado original. Lo cual se debe al egoísmo, ya que el pecado original inclina al hombre al egoísmo. La actitud egoísta afecta a todo el hombre, dada su unidad, incluso a sus actos espirituales, como los intelectuales y los volitivos; en efecto, el hombre tiende a defender lo que él considera como su verdad, y a decidir e imponer lo que él considera como su bien. Y estos vicios tienden a incrementarse cuando el hombre está constituido en autoridad; es decir, los que gobiernan tienden a acostumbrarse a mandar: ¡el poder corrompe! En cambio, el servicio humaniza y santifica.
Afan de poder.
Poco a poco, los ricos y los poderosos van encontrando cómo imponer sus ideas y sus decisiones sin tener que justificarlas a fondo; y como eso acaba siendo lo único que funciona en la vida práctica —ya que ellos no permiten otra cosa—, al no tener punto de comparación se van autoconvenciendo de que sus ideas y decisiones son las correctas, las que mejor hacen caminar el mundo, y, en consecuencia, se van autoconvenciendo de que ellos saben más y gobiernan mejor que los demás; y entonces buscan mayores riquezas y más altos puestos de gobierno. El afán de poder y el afán de riquezas son círculos viciosos, bestias insaciables que llevan a acostumbrarse a mandar y a tener siempre la razón.
Afan de poder.
Todos los gobernantes deben estar alerta contra sus inclinaciones al egoísmo y al despotismo; y en esto las Autoridades eclesiásticas no son la excepción a la regla, sino que, precisamente por ser Autoridades eclesiásticas, deben estar doblemente alerta para no caer en el despotismo: "No ha de ser así entre vosotros" (Mateo 20, 25-28). Surge entonces la cuestión de cómo evitar al máximo la inclinación al egoísmo y al despotismo de parte de las Autoridades eclesiásticas. Y aquí se aplica lo referente a los vicios y virtudes: la mejor forma de evitar el vicio es fomentar la virtud contraria. Paralelamente: la mejor forma de evitar el despotismo es fomentar el respeto a los derechos ajenos. El mejor modo de servir, y por tanto de gobernar, consiste en buscar la mejor forma de respetar todos los derechos de todas las personas.
Afan de poder.
Al mirar la forma en que los gobernantes gobiernan y los jueces juzgan, y también al revisar las legislaciones de las diversas sociedades, se descubre que todas esas realidades dejan mucho qué desear; y se descubre también que, en esto, las realidades eclesiales no son la excepción a la regla. No encontramos que los gobiernos tengan como prioridad el respeto a los derechos de las personas; nada más como botón de muestra, siguen en vigor la pena de muerte en lo civil y la excomunión en lo eclesial. Obviamente, es indispensable implorar perdón, pero eso no basta; también hay que corregir las leyes y rectificar las conductas, afinar los criterios y perfeccionar las señales de alerta; y, finalmente, también hay que restituir, sí, ¡restituir!: los derechos atropellados, los buenos nombres, los matrimonios injustamente anulados, las familias deshechas, los hijos descuidados y abandonados, las excomuniones... mas, sobre todo, hay que abrir de nuevo el seno católico de la Iglesia a la aceptación amorosa de todos, ¡sin importar cuánto hayan pecado!, tal como fue al principio.


Las ciencias teóricas pueden degenerar en mala historia o en mala filología
Afan de poder.
Las ciencias humanas teóricas pueden degenerar en mala historia o en mala filología, o en ambas; y las ciencias humanas prácticas pueden degenerar en mala estadística, en mala tecnología o en mal derecho, o en los tres. Esto suele suceder cuando las ciencias humanas, teóricas o prácticas, no han logrado un desarrollo sólido, es decir, cuando por cualquier motivo no han logrado un conocimiento cierto y universalmente aceptado de su objeto.
Afan de poder.
Que las ciencias teóricas pueden degenerar en mala historia puede apreciarse en el caso de la Filosofía. Los alumnos saben que sus maestros no responden claramente a ciertos temas difíciles, y que, para salir del paso, se refugian en la historia; y lo mismo suele suceder con los escritores. Consideremos la unión del alma y el cuerpo en el hombre. Tomás de Aquino dijo que el alma es forma substancial del cuerpo, siguiendo el hilemorfismo de Aristóteles, que explica las realidades materiales mediante su teoría de la materia y la forma. Pero otros filósofos, como Descartes, han puesto en duda esa explicación y han proporcionado otras. Y en efecto, muchos cristianos pensamos que la explicación hilemórfica deja muchos huecos, ya que el alma humana no es educida de la potencialidad de la materia, sino creada directamente por Dios.
Afan de poder.
Así, pues, ante la preguntas de sus alumnos, que le piden la verdad acerca del tema, el maestro, como no la sabe —el tema es muy difícil—, responde con lo que han dicho otros en el pasado, y explica cómo unos han influido en otros; es decir, el maestro —como también le sucede a los escritores— se refugia en la historia: la Filosofía degenera en historia. El resultado es mala filosofía y mala historia. Es mala filosofía porque no se descubre la verdad, y es mala historia porque en vez de hacer buena historia se pretende suplir con historia la verdad filosófica.
Afan de poder.
Que las ciencias teóricas pueden degenerar en mala filología puede apreciarse en el caso de la Teología dogmática, que también suele degenerar en historia, igual que la Filosofía. Aquí también, los alumnos saben que sus maestros no responden claramente a ciertos temas difíciles, y que, para salir del paso, citan frases en latín, en griego, en hebreo o en arameo, y luego hacen análisis y comparaciones de la palabras de esas lenguas; es decir, se refugian en la filología: la Teología degenera en filología. Y otra vez, el resultado es mala teología y mala filología. Es mala teología porque no se descubre la verdad, y es mala filología porque en vez de hacer buena filología se pretende suplir con filología la verdad teológica.
Afan de poder.
Tan deficiente es confundir la Filosofía con la Historia, o la Teología con la Filología, como deficiente sería confundir las Matemáticas con su propia historia. Este proceso degenerativo no se presenta cuando el científico —incluso en los casos de ir por mal camino y estar en el error— no pretende suplir las deficiencias con otras disciplinas, sino que se dedica a estudiar el objeto de su ciencia y a buscar las verdades correspondientes. Así lo hizo Tomás de Aquino en Teología, para lo cual ni siquiera necesitó manejar bien el griego, sino que pidió que le hicieran una buena traducción de las obras de Aristóteles al latín, y escribió en el latín propio de su tiempo. Cuando se estudia directamente el objeto de una ciencia, puede bastar el contar con buenas traducciones, y se puede escribir en la lengua propia.


Las ciencias prácticas pueden degenerar en mala estadística, mala tecnología o mal derecho
Afan de poder.
Que las ciencias prácticas pueden degenerar en mala tecnología puede apreciarse en casos como el de la Física aplicada, cuando, en vez de apoyarse en la Física teórica y solicitar de ésta ulteriores desarrollos, se apoya principalmente en la tecnología moderna —como en sofisticados paquetes de cómputo, etcétera— y solicita ulteriores desarrollos de ésta. Lo malo aquí está en desfavorecer el verdadero desarrollo científico, que es teórico por propia naturaleza. Este mal es poco perceptible, sobre todo cuando se llega a pensar que la ciencia es más práctica que teórica, es decir, que busca menos el saber que el hacer. Y quizás en esto radique el peor de los males de la mentalidad científica moderna.
Afan de poder.
La Medicina suele degenerar mala estadística, como cuando nos dicen haber descubierto que determinados alimentos o actividades favorecen ciertas enfermedades. En realidad han descubierto poco, ya que siguen sin saber a fondo lo que sucede en la realidad; sólo tienen "educadas conjeturas" con mayor o menor confiabilidad probabilística, y por eso no suelen encontrar los remedios para esas enfermedades, como sucede típicamente con el cáncer. La estadística ayuda, pero no puede suplir al conocimiento cierto; más bien suele distraer de las investigaciones que conducen al conocimiento cierto.
Afan de poder.
La Teología sacramentaria y pastoral suele degenerar en derecho canónico malo. Los motivos son los mismos o muy semejantes a los mencionados en los casos anteriores. Tan sólo mencionaré un caso. Históricamente ha parecido difícil saber en qué momento crea Dios el alma humana del hijo concebido. Por ejemplo, Tomás de Aquino pensaba que la concepción humana duraba unos cuarenta días, al final de los cuales el cuerpo humano ya estaba debidamente formado —con sus manitas y sus ojitos—, y sólo entonces podía recibir la infusión del alma creada por Dios y quedar así constituida la persona. Tomás no sabía que la debida formación del cuerpo humano es la de su estructura genética. Es de interés el siguiente texto:
    "... el cuerpo se forma sucesivamente y se dispone hacia el alma; por lo que primero, como imperfectamente dispuesto, recibe un alma imperfecta; y posteriormente, cuando está perfectamente dispuesto, recibe el alma perfecta" (Suma Teológica, 3, q. 33, a. 2 ad 3).
El alma imperfecta es primero la vegetativa, y luego la sensitiva; la perfecta es el alma intelectiva o espiritual, creada por Dios. Por tanto, según el Aquinate, antes de los cuarenta días —más o menos— el feto todavía no sería persona humana. En consecuencia, en esos primeros días el aborto no implicaría la muerte de una persona. Gracias a la Genética hoy sabemos que el cuerpo humano está debidamente formado —genéticamente— desde el inicial momento de la concepción, y que en ese momento ya es apto para recibir el alma y así quedar constituido en persona; pero una cosa es que sea apto para recibirla, y otra cosa es que de hecho la reciba; lo cual depende del momento en que Dios libremente crea el alma. Y al no conocer con seguridad ese momento, desde hace siglos el Magisterio de la Iglesia se curó en salud y decretó por derecho que el feto sea tratado como si fuera persona desde el momento de la concepción. En efecto, es preferible tratar a un viviente cualquiera como si fuera una persona, que tratar a una persona como si fuera un viviente cualquiera. Hasta aquí no hay problema.
Afan de poder.
De otra parte, la Sagrada Escritura dice: "En pecado me concibió mi madre" (Salmos 51, 7). Si, pues, se nos imputa pecado al momento de ser concebidos, es porque en ese momento ya somos personas, es decir, porque en ese momento Dios crea nuestras almas, ya que los pecados son propios de personas. La deficiencia está en que, aun así, todavía no hay un reconocimiento oficial de que Dios crea el alma humana al momento de la concepción, como si bastara con saber que hay que actuar como si así fuera. Parece que la Escritura misma perdiera su interés, o que no interesa saber cómo es la realidad, si ya se nos mandó lo que debemos hacer, como si el Derecho resolviera los temas teológicos: la Teología degenera en derecho.


El surgimiento del afán de poder
Afan de poder.
Si leemos con detenimiento la anterior lista de 20 males, descubriremos en ellos el trasfondo del afán de poder; y también por eso hemos comenzado por analizar el afán de poder. El poder y el afán de poder se relacionan con el Derecho. Cuando no se conoce todavía la verdad sobre algo, y no es posible dejar de actuar, lo mejor que puede hacerse es legislar lo que parezca más razonable o conveniente; y las autoridades deben hacerlo. Pero entonces, como la verdad está por encima del Derecho, debería destacarse un aviso de alerta: ¡Esta legislación sólo vale mientras no se conozca la verdad!
Afan de poder.
Lo malo está en que las leyes usurpen el valor de la verdad, y que con ese motivo la verdad deje de ser buscada. Y más malo aun es que los investigadores se vean como unos desobedientes a las leyes promulgadas, es decir, que se frene o prohíba la investigación en aras de la "obediencia" a las leyes. Esto, que sucede con frecuencia, se debe a una notable falta de criterio.
Afan de poder.
Que se legisle en ausencia y suplencia de la verdad, es algo bueno. Que las leyes terminen por usurpar el valor de la verdad, es algo malo, y que además favorece el surgimiento del afán de poder. Toda autoridad debe legislar en ausencia y suplencia de la verdad; pero esas autoridades —esos hombres prácticos— pueden carecer del criterio que los alerte del peligro de que las leyes acaben por usurpar el valor de la verdad; y pueden correr el peligro de sancionar a quienes busquen la verdad, pensando que violan las leyes.
Afan de poder.
Si sucede lo anterior —si las leyes o los mandatos usurpan el valor de la verdad— las leyes tienden a hacerse incorregibles y las autoridades a hacerse impunes, y por lo mismo tienden a desarrollar el gusto por el poder y el afán de poder. Así, pues, las autoridades empiezan obrando bien —¡y por obligación!—, pero pueden terminar obrando mal. Y las Autoridades eclesiásticas no son una excepción a esta regla.
Afan de poder.
Pues bien, todo esto, que les ha sucedido prácticamente a todas las autoridades a lo largo de la historia, les ha sucedido también a las Autoridades eclesiásticas a lo largo del desarrollo del cristianismo; es una tendencia derivada del pecado original. No hay que extrañarse de ello, y mucho menos escandalizarse por ello, sino tratar de hacer conciencia de ello y procurar corregirlo en la medida de las propias posibilidades. Puede ser de gran ayuda el que incluso los padres de familia reflexionen sobre el afán de poder que surge en ellos respecto a sus propios hijos.








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